lunes, 26 de mayo de 2008

Rupturas y crecimiento

El tema de la ruptura no parece un tópico de crecimiento personal. Por supuesto, no es un tema usual. Pero sí necesario en nuestro acercamiento a lo que queremos ser como personas.

La ruptura es un proceso natural. El cascarón se rompe y deja de ser una unidad con el ave que nace. El huevo era una posibilidad de ave o simplemente un huevo frito o revuelto en uno de los estómagos de los depredadores más comunes de los pájaros.

Para pasar a una nueva etapa hay una ruptura. Si queremos cambiar, rompemos con nuestros viejos hábitos. Rompemos con nuestras costumbres infantiles cuando nos hacemos jóvenes. Rompemos con las bromas adolescentes cuando queremos parecer adultos. Y allí nos mantenemos hasta que volvemos a la feliz infancia de quienes maduran lo suficiente.

Ese es el tema del RealizArte de hoy. Y de siempre. Las rupturas y los reencuentros. El dejar ir y el encontrar. El desatar y liberarse. Lo hacemos con varios textos y algunos ejercicios, intercalados de algunas frases de un libro titulado Minutos de Optimismo.

Las rupturas no son tan frías y distantes como la separación automática de una línea que nos conduce de un período a otro. Por eso, en ocasiones, según nuestra cultura, realizamos ritos de pasaje para entrar en una nueva etapa de la vida. Y atravesamos puertas para avanzar en el camino de encontrar nuestra personalidad.

En ocasiones las rupturas son dolorosas. Casi siempre. Se trata de dejar atrás algunas costumbres, algunos usos, algunos objetos queridos pero también algunas personas que nos mantenían en un sitio fijo. Que nos ataban a una roca inamovible.

Las rupturas son momentos de desatar nudos, de encuentros nuevos y de alejamientos. Su intensidad no significa empantanarnos en la tristeza sino avanzar hacia la felicidad de encontrar una nueva pieza del rompecabezas de nuestra vida y engarzarlo en el sitio correcto, en el momento oportuno.


Por eso las rupturas pueden ser felices. Feliz la ruptura que nos hace avanzar en nuestro camino a ser personas.


Unión y separación un principio de vida


José Gregorio Bello Porras

Todo parece igual, todo es diferente

La evolución del ser humano es un camino con abundantes curvas. A veces creemos estar en el mismo sitio. Nos sentimos como si hubiéramos dado una vuelta para volver al punto donde iniciamos la marcha. Si nos fijamos bien, no estamos en el mismo punto. Tal vez lo vemos cerca pero hemos avanzado algo.


Evolucionar es ir un poco más allá.
Con frecuencia esta acción no es fácil. Nos vemos tentados, más de una vez, a retroceder. Nos recriminamos el haber abandonado un punto estable, el haber sacrificado la comodidad.


Esto nos sucede desde pequeños. Es más cómodo el vientre materno, donde un cordón nos alimentaba, sin esforzarnos por succionar la leche que nos haría crecer. Nos luce placentero, dormir muchas horas al día, después que tenemos edad suficiente para ir a la escuela. Y nos quejamos de haber perdido unas horas de sueño por ir a aprender algunas cosas en el salón de clases.


Avanzamos y la vida, si no la tomamos entre nuestras manos, nos irá llevando a quejarnos de los pasos que damos. Afortunadamente nuestra supervivencia ha dependido siempre de nuestra enorme capacidad de adaptación como seres humanos.


Por ello también sucede
que nos empeñamos en forzar todas las barreras y emprender la labor de vivir por cuenta propia. A veces nos equivocamos. De seguro nos equivocaremos muchas veces. Pero, poco a poco, la experiencia nos irá mostrando el camino de una sabia cadena de rupturas y encuentros.


El camino de la vida en ascenso es de curvas, muy a menudo. Por eso, vemos el sitio que abandonamos, desde otra posición. Estamos más arriba. Pero casi tocamos nuestro origen.

El tiempo fluye, el mundo gira

Ningún instante en la vida es repetible. Cada uno de ellos tiene su valor propio. Un valor que sólo cada quien puede darle. Si el valor es ínfimo, la suma de nuestras vidas nos parecerá menguada. Si el aprecio de cada instante es grande, sumaremos una gran riqueza. De ello nos damos cuenta en cada momento de reflexión.


Siempre cambiamos de sitio. A cada momento vamos formándonos y constatando que, aún conservando nuestra identidad, somos otras personas. Mejores, si así lo planificamos y queremos. O tal vez, depreciados, si nos empeñamos en carecer de valor.


Cuando nos encontramos con alguien que no veíamos desde hacía tiempo, seguramente, exclamamos algo sobre ese transcurso de tiempo y cómo ese tiempo ha afectado a la persona que vemos. Si somos jóvenes exclamamos: ¡te estás haciendo viejo! Si hemos pasado la barrera en la que la edad aconseja la prudencia, decimos convencionalmente: ¡te ves igual!


Queremos que el tiempo no pase para no llegar a viejos. Queremos que el tiempo pase para obtener las ventajas de cierta edad. Siempre nos debatimos entre los extremos. La vida es ese fluir. Vamos de un lado a otro.


Permanecer en el mismo sitio es casi imposible. Al menos que nos creamos árboles. pero aún estos crecen y mudan sus hojas, expandiéndose en el espacio donde están plantados.


El tiempo simplemente pasa. Y cabalgando sobre él, nosotros. Cada uno a su manera. Si nos quedamos fuera es porque una lápida o el olvido nos cubre.


La vida está hecha de cambios. De decisiones propias o ajenas, afortunadas o desafortunadas. Pero está constituida por movimientos que nos han conducido a ser lo que somos.


Tal vez no seamos del todo responsables de lo que nos ha conducido hasta este ahora. Pero sí podemos optar a quedarnos aquí o a avanzar. Y para ello debemos cambiar. Debemos dejar cosas y personas. Corregir errores y saldar cuentas. Debemos elaborar nuestras rupturas de una manera feliz.

El equilibrio dinámico

Tal vez, la búsqueda del equilibrio define este camino lleno de enmiendas. Cambiamos o rompemos porque queremos llegar a una ansiada estabilidad. A esa estabilidad envidiable de los grandes árboles. Los mismos que no piensan en el hacha o la termita. O el de las montañas que parecen no sufrir el incendio forestal o la mella de la dinamita.


Pero todo equilibrio exige mucha fuerza. Si no, preguntémoslo al artista que recorre la cuerda floja con toda naturalidad, o a la gimnasta que practica en la barra sus impresionantes y gráciles ejercicios.


El equilibrio es fruto de los vaivenes controlados. De la tensión controlada. De una energía gastada y recuperada. Y no de mantener la inamovilidad.


Una piedra asentada en el suelo no necesita equilibrio. Está inmóvil hasta que un accidente natural la mueva. Nuestro equilibrio no es el de la piedra.


Un cadáver que reposa tampoco es la imagen del equilibrio que buscamos. Pero, fíjate, hasta allí, en esa materia aparentemente inerte, hay movimiento. Aunque, nuestro equilibrio no es el del cadáver.

Rupturas equilibradas

Gastamos grandes esfuerzos en mantener un ideal de equilibrio que nos haría estar felices y satisfechos con la vida. Mas el equilibrio es un balancearse continuo, buscando el centro de reposo y nunca un detenerse.


Para ello probamos una y otra vez las mejores opciones. Cuando algo falla, cuando algo no nos sirve, lo abandonamos y continuamos buscando algo mejor.

Esto, sin embargo, que parece tan fácil, con ciertos objetos o en determinadas decisiones, no es siempre así. Sobre todo si hay personas de por medio. Y sobre todo si la persona afectada es uno mismo.


Abandonar algo, romper con algo o con alguien no parece un acto sencillo, por lo general. Y será más difícil aún, mientras más afecto hayamos puesto en el objeto, la persona, la actividad o la idea que debemos abandonar.


Allí nos volvemos piedras que no quieren moverse. O plantas que se conforman con ese espacio, sin reflexionar que alguna vez fueron semillas. O niños que desean permanecer en el útero materno para no arriesgarse a respirar en el mundo y a crecer.


Para crecer hay que emprender rupturas. La del cordón umbilical. La de los hábitos que nos encadenan. Las de las relaciones que dañan. La de las etapas superadas en cuanto a actividades e ideas. Si queremos, estas rupturas pueden ser muy dolorosas. Pero si nos esforzamos en lo mejor, haremos de ellas rupturas felices.

DelLibro: Rupturas Felices, Editorial Panapo, 1997



Aforismos para reflexionar

José Gregorio Bello Porras


* Estar en soledad es sentirse acompañado de vacíos. Ellos también pueden decirte algo.

* No abandones nunca tus sueños, aunque, a veces, te ataque el insomnio del desaliento.


* Los hijos siempre darán alegría a tu vida, tanto cuando estén en casa como cuando la abandonan.


* Cada vez que cometas un error no te estaciones en el arrepentimiento, repara el error, transformándolo en un acierto repetido.


* Si no das oportunidad a los extraños de ser tus amigos, siempre tendrás extraños a tu lado.


* No te detengas avanza siempre con rectitud, incluso en las curvas del camino.


* Para percibir ampliamente la realidad basta con un solo sentido, el de la vida.



Del libro: Minutos de Optimismo, Editorial Panapo, Caracas, 1996




Ciclos de relaciones interpersonales

José Gregorio Bello Porras

Tal vez los ciclos más sensibles en nuestras vidas son los que cumplen el establecimiento de ciertas relaciones interpersonales. Fundamos relaciones a lo largo de toda nuestra existencia, como ciudades o campamentos. Algunas de ellas duran apenas escasos momentos, otras pueden permanecer sin agotamiento toda la vida.


En nuestras actividades diarias, establecemos relación con diversas personas. Solo algunas de esas relaciones resultan siendo amistades que perduran. O relaciones útiles por largos períodos de tiempo.


Las relaciones tienen una finalidad. El trabajo, el ideal, la asociación, la circunstancia del encuentro en un lugar, el propósito del estudio y otros tantos motivos. Una vez cumplida la finalidad del encuentro, de la relación misma, el tiempo establecido de vida útil del encuentro, el interés suele extinguirse y el curso de las vías que se tocaron en un momento dado, continúan su camino. Cada integrante por el suyo. Cada ser en búsqueda de su propio destino.


En la amistad el ciclo se vuelve un tanto más complejo. Porque la amistad no tiene una finalidad determinada en el tiempo. Cuando se es amigo por un interés determinado, una vez cumplido el ciclo de vida útil o del interés, la amistad parece acabar. Pero no todas las amistades tienen un interés específico, determinable, establecido en sus alcances.


En las amistades fundadas en el afecto, lo común es una corriente de afinidad continua, una reciprocidad en el intercambio afectivo. En la amistad fundada en este principio se da y se recibe. Se conforma un proceso de nutrición recíproca. Mientras se mantenga este principio afectuoso, la amistad se mantiene a pesar de diferencias circunstanciales o distanciamientos espaciales o temporales de sus integrantes.


Sin embargo, en algunas amistades fundamentadas por el interés del mutuo afecto también se dan separaciones. Alguno de los individuos relacionados cambia profundamente sus intereses y la distancia psicológica que surge lleva a la conclusión del ciclo.


En las parejas suele suceder algo parecido. Dos personas intercambian afecto sobre la base de un interés común. Ninguna de las dos personas, no obstante este acercamiento, logra dejar de ser un individuo único. La pareja que se mantiene, evoluciona sabiendo que cada integrante es una unidad. Y conviene en dar permiso y darse permiso para que cada cual continúe siendo una persona diferente, unida tan solo por el amor.


Cuando se pretende que dos personas sean una sola, la identidad de cada una de ellas puede extraviarse. Pronto, ante las circunstancias de la vida, sobreviene el darnos cuenta que la dependencia no ayuda al crecimiento.


Al establecerse una relación sobre la base de que la formación de una pareja es la formación de una unidad en la que cada parte pierde su individualidad, tarde o temprano la relación se agota. Cada cual constata que no es una sola cosa con el otro y los caminos terminan bifurcándose. La pareja entonces ha cumplido su ciclo


Evalúo rupturas y distanciamientos

José Gregorio Bello Porras


Hagamos un ejercicio. Analiza ahora algunas de las separaciones más relevantes en tu vida. Diferéncialas de las rupturas. La separación fue un proceso gradual de distanciamiento. La ruptura fue un hecho que culminó un proceso pero se dio abruptamente (no necesariamente de forma violenta). Por lo general, ocurrió en un momento bien determinado, del que te puedes recordar con precisión y en unas circunstancias específicas.

Sigue algunos pasos en este análisis de rupturas y separaciones.

1. Recuerda algunas de las cosas, personas, relaciones, o ideas que ya no te pertenecen o no permanecen junto a ti.

2. Observa detenidamente qué sucedió para que se diera esa separación o esa ruptura.

3. Trata de ver y sentir si ese distanciamiento es en realidad una ruptura o una simple separación.

4. Pregúntate qué sucedería si reemprendieras esa situación. Fíjate especialmente en qué sientes.

5. Si el distanciamiento es definitivo, ten en cuenta que estás tomando conciencia de un ruptura en tu vida.

6. Ahora Vuelve a este momento y observa si esa aparente carencia te hace falta o si esa separación fue necesaria para que crecieras.

7. Saca conclusiones sobre lo que harías en circunstancias parecidas.

lunes, 19 de mayo de 2008

Del amor y la persona

Hoy RealizArte se convierte en una especie de leve reflexión sobre el arte de amar. Aunque en una dimensión distinta, desea rendir homenaje a libros como el del psicoanalista alemán Erich Formm, no porque se cumpla un aniversario de una obra vigente desde hace cincuenta y dos años, sino porque constituye un texto que abrió todo un espacio dentro de la literatura y del pensamiento, a uno de los grandes interrogantes de nuestra incierta y deshumanizada época: Qué significa amar.

Mas este es un homenaje extraño. No se centra en el texto del libro sino en los contenidos que puede despertar su lectura. No hace referencias a él sino recrea sus circunstancias, sus dudas, sus reflexiones, desde este punto de vista particular. No pretende en ningún caso, llegar a la hondura de esa obra. Tan sólo tocar la razón y el sentimiento del lector.

Así reunimos dos textos reflexivos. El primero de reciente fecha. Muy reciente. En el que tratamos de manera general El amor como vía de realización personal y otro texto retomado de un libro de hace algún tiempo y que aún conserva vigencia como reflexión, en la que expresáramos que El amor nos hace personas. Van estos escritos mediados y medidos por un entrometido poema sobre el amor.

Los complementa y les da sentido esa reflexión que tú realizas, que tú colocas, que tú puedes compartir con nosotros en esta página.


El amor como realización personal

José Gregorio Bello Porras

El amor, como ciego que es, impide a los amantes ver las divertidas tonterías que cometen.
William Shakespeare

Cuando hablamos del amor entramos en las arenas movedizas de los sentimientos. Un terreno inestable, engañoso a la vista de terceros, profundamente subjetivo – esa es su naturaleza – e incluso limítrofe con lo sublime y lo ridículo por igual, pero muy bien diferenciado de esos estados.

El amor suele definirse como un sentimiento. Distinguiéndose claramente del pasajero estado de la emoción. Por ello, una primera característica es su relativa permanencia en el tiempo.

Como sentimiento, igualmente, su impulso puede tener diversos objetos. Estos pueden ser seres humanos individuales, conglomerados o colectividades, animales, o sujetos de otros reinos de la naturaleza, abstracciones, obsesiones, cosas, situaciones, entre muchas posibilidades. Entonces, una segunda característica es su diversidad de objetos hacia los cuales se dirige.

El amor es, como lo expresáramos anteriormente, subjetivo. A pesar de dirigirse a un objeto en particular o a diversos, la forma de expresión es característica del sujeto que lo padece. Cuando decimos padece nos referimos a un estado del que no nos libramos con facilidad. Somos presa del amor. Aunque elegimos caer en él. El amor pues, también es, una situación dinámica que puede generar conflictos.

No es, sin embargo, el conflicto lo que lo caracteriza. Por el contrario, es la satisfacción, el apego, el desprendimiento, un estado de plenitud, lo que va a expresar más característicamente el amor.

Esta plenitud subjetiva, satisfactoria, que expresa bienestar va a significar una atracción hacia el objeto de deseo o hacia la realización de la acción que lo motiva. En ese sentido se opone al odio. Que es un rechazo, igualmente activo, hacia un objeto.

Llegado a este punto, es necesario preguntarnos por qué al hablar del amor, de esta forma impersonal, éste pierde parte de su encanto.

Lo despojamos de su halo de misterio y de pasión y lo reducimos a una idea. Eso, por supuesto, no es amor. El amor es intensamente sentimental. Su esencia es expresarse mediante la subjetividad, construyendo un ambiente, una cuna, un lecho donde se posesiona del ser humano.

Esta característica del amor lo coloca en situación de dinamizar la acción humana. Es el gran motivador de múltiples acciones. Sin importar el grado de profundidad que posea.

En ocasiones se habla de amor físico, designando la atracción corporal entre individuos de la misma especie, sean machos o hembras. Podemos darle a esa dimensión el nombre de amor. Pero también observar que también es amor el sacrificio por el ser amado o el amor paterno filial o materno filial o el amor a la humanidad.

El ser humano en la medida que practica el amor en diversas dimensiones y elevación está construyéndose como ser humano.

El amor es una característica plenamente humana, en cuanto es prluridimensional. No discutiremos los afectos de los animales. Existen, desde la perspectiva humana. Estamos viendo en ello sólo la interpretación que el bípedo inteligente – casi siempre – le da a su acercamiento a un semejante, a una acción, a una idea, a un objeto motivador buscado con fuerza.

La práctica consciente de amor va perfilando al individuo, va haciéndolo persona, en tanto se diferencia de un conglomerado y adquiere conciencia sobre sus posibilidades de afecto y de elevación en ese afecto.

El amor se nos ofrece, de esta manera en un ejercicio de construcción personal. Construirnos en el amor significa construirnos como personas, como seres que integran una sola humanidad.


Un poema que se entromete en medir el amor

He medido

la línea del horizonte

Quiero utilizarla

para calcular

la extensión de mi amor por ti

aunque tenga que hacer

varios intentos

de suma

Del Libro: Aliento de las Palabras de José Gregorio Bello Porras


El amor nos hace personas

José Gregorio Bello Porras

El amor es la experiencia fundamental por la cual nos reconocemos como seres humanos.

La capacidad para sentir amor caracteriza al humano. Podemos identificar el afecto, la lealtad, el apego y el cariño en otros seres como los animales. Tales sentimientos, siempre definidos en relación a la persona, son parte de nuestra interpretación del amor, mas no constituyen nunca la totalidad del amor mismo. El amor, en todo su espléndido sentido, está reservado a la persona humana.

La experiencia del amor favorece nuestro crecimiento. Cuando éramos niños, el amor nos permitió avanzar y aprender. Mucho más que el castigo o la severidad. Más aún, el amor nos permitió desarrollarnos, incluso corporalmente. El afecto nos facilita vencer hasta las más increíbles dificultades. Ese maravilloso fenómeno aún nos ocurre.

Cuando nos gestábamos en los vientres de nuestras madres nos nutrimos a través de un cordón. Pero también nos alimentamos a través de la relación amorosa que se estableció en esa íntima intercomunicación. Gracias al afecto nos desarrollamos con posibilidades de vivir plenamente en el mundo.

Quienes han sufrido la carencia de ese singular cariño, en cualquier momento de su existencia deben remontar con grandes dificultades la experiencia de la vida. Esta se torna un campo gris, opaco, sin perspectiva. Hasta que descubren la posibilidad de amar. El amor da resonancia a la vida. Permite que la apreciemos en sus múltiples matices. El amor transforma al mundo en un lugar habitable, en un espacio para la convivencia.

El amor nos trae la experiencia de la felicidad. Amor y felicidad se encuentran entrelazados. Y aunque el amor no evita las asperezas de nuestra vida terrena, las hace llevaderas, las transforma en aprendizaje.

El breve pero sustancial viaje de nuestra existencia presente ha de estar signado por la singular experiencia del amor.

Haz del amor una vivencia diaria y tu vida tendrá sentido. Serás plenamente una persona humana.

(…)


La fuerza de un sentimiento

Es común encontrarnos con personas que creen saber lo que es el amor. No porque hayan hecho estudios sobre la naturaleza de esta vivencia, sino porque la han experimentado. Sin embargo, en el momento de traducir su práctica en palabras, su creencia se tambalea.

A veces sabemos poco de aquello que creemos saber. No quiere decir esto que no conozcamos, únicamente que no logramos expresar en palabras ese saber.

Pero ¿por qué es importante tener una idea expresa de lo que es el amor? Bastaría simplemente vivenciar plenamente el amor. Hacer una práctica de este sentimiento. Sin embargo, como hemos visto y dicho anteriormente, si no organizamos nuestras ideas acerca de un tema tan esquivo, estaremos propensos a hablar de muchas cosas creyendo que hablamos sobre el amor. Habremos, seguramente, sembrado la semilla de la incomprensión. Porque si hablamos de cosas distintas, en algún momento creeremos que la otra persona no nos ama, cuando lo que sucede es simplemente una incomunicación entre nosotros, sencillamente tenemos diferencias entre lo que creemos que es el amor.

El amor es, en muchas oportunidades, punto de desencuentro entre seres que dicen profesarlo. Por amor, o algo que llamamos de esa manera, se sufre y hasta se cometen excesos. Para algunos amar es sufrir, para otros es poseer, para otros es entregarse plenamente. Incluso para muchos, el amor es sólo una ficción.

Poco sabemos, en ocasiones, de esta experiencia única en la vida, de esta singularidad que nos caracteriza como humanos.

Pero podemos aprender qué es el amor. Y también perfeccionar nuestra natural capacidad para el amor. Este aprendizaje no es cosa de simple técnica. Sino de consciencia sobre lo que sentimos en un tiempo siempre presente. Para aprender sobre el amor necesitamos saber si lo que sentimos es lo que queremos llamar amor. Para amar necesitamos saber y sentir.

Con frecuencia se define el amor como uno de los sentimientos fundamentales del ser humano, caracterizado por el apego a una persona, animal o cosa. Como sentimiento, viene acompañado de sensaciones y percepciones fundamentalmente de nuestro cuerpo y de nuestra interioridad.

Sentir el amor trae consigo una sensación de bienestar corporal, ocasionalmente acompañada de palpitaciones, aumento de la temperatura, variaciones en el ritmo de la respiración, dilatación de las pupilas, entre otras manifestaciones anatómicas y fisiológicas. Sin embargo, tales fenómenos no definen plenamente el sentimiento de amar.

De la misma forma hay alteraciones en nuestra ideación. Pensamos con más frecuencia en el ser o en el objeto de nuestro amor, referimos gran parte de nuestras experiencias a la vivencia primordial de sentir amor, e incluso distorsionamos nuestras ideas, por el afecto que sentimos.

Pero este conocimiento de los pensamientos asociados al amor tampoco define plenamente el sentimiento al que nos referimos. El amor nos conduce a grandes y pequeñas obras. Algunas veces desemboca en actos heroicos o simplemente admirables. En otros momentos nos puede llevar a acciones de las que nos tenemos que arrepentirnos. El amor se transforma en acciones, aunque no es un acto particular.

Este sentimiento que llamamos amor es capaz de mover nuestro cuerpo, nuestros pensamientos y nuestro ambiente con su fuerza. Por ello, más que un simple padecer, el amor es una actitud que transforma nuestras vidas. Tiene de emoción, de pensamiento y de acción. Pero conserva inequívocamente su carácter de sentimiento.

Del libro: Amor a tu alcance, Ed. Panapo, Caracas, 1998

lunes, 12 de mayo de 2008

Actitudes optimistas


En esta ocasión vamos a revisar dos palabras oportunas para el desarrollo personal. Una de ellas es actitud. La otra es optimismo. Ambas están emparentadas estrechamente. El uno es variante de la otra. Es decir el optimismo es una actitud ante la vida.


Podemos escoger cómo queremos ser ante las circunstancias. De ello se trata el RealizArte de hoy. Aunque no se diga expresamente. No importa si creemos ser entes pasivos ante la fuerza de los acontecimientos, siempre nos quedará la posibilidad de darles vuelta e interpretarlos a nuestro favor. A pesar de todo.


En qué nos favorece ello. En hacernos la vida una aventura posible, un logro alcanzable y no una trampa insalvable. Pero siempre tú escoges. Igual que escoges comentar estas líneas y las que siguen, leerlas con atención y hasta recomendarlas a alguien. Y aunque no lo hagas, el propósito es el mismo, que te sirvan para algo.


Actitudes vitales

José Gregorio Bello Porras

El camino de las transformaciones en nuestra vida recorre paisajes diferentes. Algunos individuos parecen seguir senderos fáciles, donde los cambios se generan por evolución casi espontánea. Otros, por el contrario, necesitan tortuosas sendas para llegar a pequeños avances. Estos últimos lucen forzados por las circunstancias, en medio de las cuales el ser humano toma decisiones que viran el rumbo de su existencia.

En los primeros, los cambios vitales son producto de un método. Consecuencia de seguir una disciplina que logra sus frutos. Eso que parece fácil en un comienzo es obra de vencer constantemente los pequeños obstáculos, la pruebas mínimas, la adversidad cotidiana. Y aprovechar las señales de avance, las brisas de elevación o cualquier otra realidad metafórica de realización personal.

El camino del azar es el realmente difícil. Ese es el de la necesidad, llevada al extremo de servir de impulsor al individuo por la fuerza. Y, a veces, ni siquiera empujándolo el individuo reacciona. Sus condiciones individuales parecen determinarlo.

No obstante, todo individuo puede cambiar. Si quiere hacerlo. Cambiar hacia uno u otro rumbo. Y todos podemos aprender el arte del cambio. Pero pesa mucho ese querer hacerlo, ese convencimiento de poder hacerlo, ese impulso que logra el primer paso y los siguientes hacia lo que nos proponemos.

Hasta ahora no hemos hablado de algún cambio en particular. Cualquier conducta puede estar sujeta al aprendizaje y al cambio. Estamos hablando entonces de un proceso dominado por lo que vamos a llamar actitud.

Lo decimos así pues el término está sujeto a equívocos, a limitaciones surgidas de traducciones directas de otros idiomas o a concepciones limitadas de alguna forma. Por ello creemos a veces que la actitud es siempre una fuerza positiva, suficiente para el logro de nuestros deseos. Y no siempre tiene este signo positivo ni siempre logra, por sí sola lo que desea.

La actitud es el resultado de tres elementos: una idea clara sobre una conducta, un deseo, sentimiento o emoción acerca de ella y un impulso a actuar.

Así que igual puede alguien tener una actitud de triunfo, diferente a otro. Alguien concibe el éxito como producto de su trabajo y otro como producto del delito. Allí está el primero de los elementos de la actitud, el elemento cognitivo, la idea, la creencia acerca de algo.

El segundo elemento puede tener igualmente múltiples variaciones. Algunos convierten el deseo en una pasión incontrolable de obtener algo. Otros, por el contrario, lo toman como una paciente fuerza que todo lo obtiene.

El impulso, la chispa de encendido, es fundamental para poner en marcha el carro, para dinamizar el logro de lo que queremos. En ocasiones ese avance, esa puesta en marcha, se da casi inconscientemente. Por ello, nos parece que todo se obtiene sólo formulándolo, casi mágicamente. Pero la magia está en sostener la actitud de logro.

Sin la actitud conveniente ningún logro es duradero. Ni siquiera posible. Por lo que debemos revisar nuestras actitudes ante la vida para enderezar aquellas que nos conducen por caminos tortuosos, por caminos difíciles, por sendas que retrasan nuestra llegada a la meta.

Trata de experimentar cuál ha sido tu actitud al obtener logros. Y cuál cuando obtienes lo que consideras fracasos. Compara ambas actitudes y observa detenidamente las pequeñas variaciones que puede haber entre ellas, tanto en las concepciones o creencias que las formulan como los sentimiento y emociones y el impulso a actuar. No te vayas demasiado lejos, hazlo hoy, con conductas y sucesos de hoy.

Es posible que con ello aprendas algo para beneficio de tu vida. Para el logro de los cambios que deseas. Si no ahora, en algún momento.


Posibilidad del Optimismo

José Gregorio Bello Porras

Ya en una oportunidad expresé que el optimismo es un ejercicio excepcional en el mundo de hoy. Todo tiende a que la oscuridad sea vista como sinónimo de futuro. La guerra, el terrorismo, la destrucción del medioambiente, del hombre y su casa: la tierra; hacen difícil de concebir la posibilidad del optimismo. Pero hoy la ratificaré. La vida cotidiana, incluso, tiene un lado sombrío, que hace del optimismo un ejercicio difícil. El optimismo es una vía angosta pero necesaria de concebir y vivir en el mundo. Es exigente pero aporta extraordinarios resultados en la existencia de quien lo practica.

La tentación del pesimismo es inmediata y proyecta una visión de la realidad oscura y sin salida. Si nos detenemos a reflexionar por un instante, observaremos que esta visión fatalista para nada nos sirve. Bajo esa óptica, la agresividad, la desesperanza y la destrucción son la más prontas consecuencias.

El mundo y su devenir tiene una variedad de tonos, de claroscuros, de altos y bajos, de asperezas y suavidades. Estas diferencias son las que le dan matices a la vida y la hacen interesante. Si todo estuviera hecho, si todo estuviera resuelto no tendríamos la misión de construir nuestras vidas.

En ese existir podemos plegarnos con mucha facilidad a percibir sólo los lados oscuros, las dificultades, los aspectos desagradables y hacer un juicio definitivamente pesimista de la vida. El optimismo es más exigente.

Sin embargo, el optimismo es posible y además necesario. No sólo para la supervivencia del ser humano sino para su crecimiento como persona y para la creación del mundo que desea.

El optimismo exige la voluntad de tomar la vida en las manos propias. Exige creer que podemos hacer de nuestra vida una existencia digna. El optimismo exige creer pero también sentir y sobre todo hacer realidad lo que queremos.

El optimismo es una actitud ante la vida

La existencia está constituida por diversos eventos relacionados como una inmensa cadena de causas y efectos. Cuando apreciamos estas relaciones entre unos hechos y otros, nos damos cuenta que podemos ejercer cierto control sobre nuestro futuro. Sin embargo, podríamos pensar que muchas circunstancias escapan a nuestro control y que somos presa del destino.

En cualquier caso, sea que creamos que podemos intervenir en nuestro destino o ser objetos pasivos del mismo, nuestra creencia puede estar impregnada de sentimientos de felicidad o de decaimiento.

Pero no es la creencia misma la que desencadena el sentimiento, aunque se relacione con él. La creencia, por ejemplo, de que eres artífice de tu destino puede llevarte a una sensación de plenitud, de poder, de bienestar que hace que actúes en consecuencia, siendo responsable, efectivamente, del curso de tu vida.

La misma creencia de tener en sus manos las riendas de su existencia puede llevar a otra persona a la inmovilidad. Una persona así, se paraliza ante el pensamiento de que es el único causante de sus triunfos y derrotas. Ante tamaña responsabilidad, retrocede y la oportunidad de ser y hacer lo mejor, se convierte en un terrible maleficio.

Por el contrario, hay quienes piensan que el destino gobierna sus vidas. No obstante, son capaces de vivir a plenitud el momento, sin abatirse por las posibilidades de fracaso. Si todo está escrito y no hay nada que hacer, dicen, al menos se puede vivir con consciencia el presente, porque no hay nada entonces de qué preocuparse.

El extremo de estos casos es el de pensar que no se puede manejar el destino y que este tiene un fatal signo de desastre. Las personas que así viven, convierten hasta el mayor triunfo en una absoluta derrota.

No está, pues, sólo en la creencia, como tal, la producción del sentimiento luminoso u oscuro. Decididamente, el sentimiento se asocia con la interpretación de la creencia, con la interpretación de los hechos de la vida. El optimismo o, en su defecto, el pesimismo proviene de una forma de interpretar la vida.

Al sentimiento y la interpretación de los hechos, sigue un impulso a la acción o un detenimiento de la misma. Por ejemplo, si crees que puedes hacer algo y ello te anima, seguramente lo harás y disfrutarás el logro. Por igual, si alguien cree que no puede, se estanca y no prueba alternativas, su juicio se limita y su inacción o sus acciones lo llevarán al pesimismo y la derrota, como consideración final de sus actos.

El buen ánimo impulsa intentos que, de una u otra manera, te guiarán hacia el éxito. Y esta valoración del éxito te animará a intentar de nuevo, de similar manera, los retos de tu existencia.

El optimismo se forma con las creencias, con las interpretaciones, con los sentimientos y con la acción derivada de los mismos. El optimismo, entonces, es una actitud ante la vida.

Esta actitud está caracterizada por interpretaciones positivas de la vida. Son interpretaciones positivas las que te permiten prever que tus actos y que los hechos que suceden a tu alrededor, desembocarán en algo beneficioso. Es optimismo creer que, a pesar de los tropiezos, el final puede ser positivo, a tu favor.

La actitud optimista se caracteriza, también, por asociarse con sentimientos de bienestar. Eres capaz de sentirte bien, aunque te estés esforzando y trabajando duro por obtener algo. Eres capaz de sentirte bien aunque haya pruebas que reten tu capacidad de vencer los obstáculos. Eres capaz de sentirte bien, simplemente porque existes. Y ello es una oportunidad maravillosa. Y su resultado siempre será beneficioso.

El optimista es alguien que puede incluso reírse de si mismo. Tiene un buen humor que lo mantiene en actividad y lo defiende de los sinsabores delpesimismo y los sentimientos depresivos.

Esta actitud optimista te impulsa a vivir. Te mantiene vivo. Te hace probar alternativas para mejorar tu vida, para hacer de tu existencia algo útil. Laactitud optimista es un decidido impulso a avanzar, a sentir, a creer en la vida, a creer que tiene sentido y que construyes ese sentido a diario, con lasacciones más sencillas, con los juicios más inmediatos, con el sentimiento de que eres capaz y digno de vivir.

Del Libro: Optimismo a tu Alcance, Ed. Panapo, Caracas, 1997


lunes, 5 de mayo de 2008

Eco en las palabras

En la medida que mis palabras tengan eco y se devuelvan hacia mí, yo seguiré probando otros enfoques sobre el tema. Agotar el tema es un pretexto para repetir la misma forma de ver los asuntos. Si no me planteo nuevos enfoques seré un repetidor.

No es mala la repetición. Pero es necesario encontrar ese eco fiel, para que la repetición se efectúe con eficacia. Lo otro sería lanzar al viento las palabras y dejarlas que vuelen hasta los archivos de las palabras vacías.

Es mejor el vacío de palabras, en ese caso. Por ello continuaremos sobre el tema del vacío en esta nueva propuesta de RealizArte. Lo combinaremos con algunas páginas vivas aún sobre un tema que despierta mi interés –y probablemente el tuyo– como es el desarrollo de la intuición. Esta capacidad nos sirve de brújula en situaciones donde los indicios son oscuros y las apariencias confusas.

El menú está servido. Solo falta tu apetito. Y tu palabra. Ese eco que me dirá si lo que dije fue adecuado para que lo utilizaras en tu proceso de crecimiento como persona.


Un vacío necesario


José Gregorio Bello Porras

Nos asomamos a un precipicio y el vértigo nos ataca sin aviso. Un vacío surge en el estómago y todo nuestro cuerpo reacciona tratando de reacomodar la situación, dando un paso atrás, poniéndonos a resguardo.

Esa sensación de vacío se repite en otras ocasiones donde el barranco es afectivo. Pareciera que parte de nuestras entrañas hubiesen desaparecido súbitamente. En su lugar asoma un agujero, una ventana, un boquete como horadado por la bala de un cañón antiguo. Un espacio lleno de la nada.

La primera reacción es llenar esa nada con oscuros pensamientos y emociones. Dirían los hipocráticos que la bilis negra invade esos espacios con rapidez, junto a recuerdos repetidos y a recriminaciones que van ennegreciendo el humor. Ojala que fuese humor negro lo que produjera, pero es negro humor solamente. Este negro humor tiene la propiedad de arrastrar al sujeto que lo produce al centro mismo de los infiernos: la depresión.

En ocasiones el individuo es de voluntad férrea. Lucha. Se remueve. No se deja dominar por la melancolía. Puede caer entonces en la tentación de la ira. Coloca la culpa en la otra persona, en el mundo, en las circunstancias, en quien se atraviese. Y el vacío se llena de ácido que le quema las entrañas. El afectado se convierte en dragón apagado. Sólo humo sale de sus fauces. Se ha consumido a sí mismo.

También existen personas, o aspirantes a serlo, a quienes no parece afectar en lo más mínimo la situación de alejamiento, de pérdida, de vacío. Han decidido no tocar el problema. Evadirlo, como quien se escapa de una mazmorra cerrando los ojos. Sin embargo, la cárcel que le rodea es del tamaño de su mundo y corren como en pesadillas, huyendo del monstruo sin adelantar en lo más mínimo su distancia de él. No se han dado la vuelta ni lo han visto a los ojos para reconocerse en ese monstruo como su propio perseguidor.

Para llenar el vacío de una pérdida, de una separación hay que reconocer ese estado. La pérdida, la emoción y el sentimiento de ese desencuentro, de ese alejamiento, de esa privación. Es lo que generalmente se llama entrar en el duelo.

Luego de aceptar la pérdida y reconocer el vacío, el siguiente paso es adentrase en el estado de vacuidad que nos queda. Tal vez pueda resultar extraño a nuestro comportamiento. Pero el vacío aceptado como tal comenzará a llenarse de uno mismo. Tanto nuestro cuerpo, como nuestra mente y nuestro espíritu van a tratar de resolver esa carencia o ese estado que simula una ausencia.

Si hemos perdido algo, nos queda otra cosa a cambio, si alguien se ha alejado, esa experiencia nos enseña. Este proceso no es fácil, por supuesto, pero es esencial para permitir nuestro reequilibrio como personas.

Incluso podemos ir más allá. Y ensayar con las emociones que pudieron tomarnos desprevenidos, esas que ya revisamos, la melancolía, la ira o la evasión y convertirlas en motorizadotas de nuestro cambio personal.

La melancolía huye como una sombra de quien llora con libertad su pérdida hasta un límite prefijado. Como decía un viejo maestro de psicología: si pierdes una relación, que no pase de tres días tu llanto. Después seca tus lágrimas y continúa tu vida. Mil nuevas oportunidades posibles están en tu camino.

La ira debes expresarla. No rompas tu corazón y tu sistema digestivo. Tres gritos en un sitio tranquilo, donde no corras el riesgo de parecer demente, te librarán de la enorme tensión que supone la rabia y también de una probable úlcera estomacal. Expresa tu ira. No con otra persona sino con el fantasma de lo que perdiste.

Si por el contrario deseas evadirte, hazlo creativamente. Escribe, compón música o realiza una escultura, un dibujo, una pintura. O simplemente lee. Haz que tu energía se encauce. Deja libre a tu ser para que llene el vacío sabiamente.

Si optas por reflexionar sobre el problema, hazlo en silencio. No sigas los dictados de tu discurso mental que puede, engañosamente, llevarte a donde nunca quisieras estar. Crea el silencio oportuno para que el vacío se llene de él. En esos momentos escucha tu corazón, la brisa, los ruidos de la naturaleza. Y comienza a curarte, como quien lame sus heridas.

El vacío es necesario para llenarte de vida y esperanzas nuevamente. Pero deja que sea la vida tu maestra en este difícil arte de aprovechar los instantes creativos de la nada.


El camino de la vida y sus señales


José Gregorio Bello Porras

Una de las imágenes más comunes, por su gran poder evocador, es el de la comparación de la vida humana con un camino. Transcurrimos en un tiempo y recorremos un espacio yendo hacia un punto. Un inicio y un fin parecen marcar ese deambular por la vida. Con mayor o menor velocidad nos movemos por la vía. En ocasiones parece que nos detenemos y hasta extraviamos el rumbo.

La imagen del camino ha sido válida desde la antigüedad. Incluso algunas escuelas de sabiduría denominan su propósito con ese nombre, como el camino.

Los poetas, como intérpretes del alma humana, han recogido la imagen para indicarnos el sentido de nuestra existencia en ese tránsito por el mundo. Uno de los versos más conocidos de Antonio Machado nos denomina caminantes y nos indica que el camino se hace al andar. En esa frase inspirada refiere que día a día construimos la existencia y colaboramos con nuestro esfuerzo en hacer de nuestro mundo lo que es, grande o pequeño, feliz o amargo.

La imagen del camino es válida para ensayar nuestra construcción personal, para intentar una observación de lo que nos enseña la vida en cada una de las vueltas de la tierra.

El camino además, está plantado de señales. Y aunque sea un camino en la arena del desierto o un camino que inauguramos a cada momento, es el mismo camino el que nos indica la dirección que podemos tomar, el que nos enseña el rumbo. Porque ese camino de la vida es un camino particular, una vía que nuestra interioridad construye.

Las señales en el camino nos indican la dirección, nos advierten los peligros, nos facilitan la labor del avance. Las señales del camino nos hablan de un recorrido donde lo más importante es el recorrido mismo, más que el punto de llegada. Porque tal vez no hay un punto final. el camino siempre sigue mientras existamos.

Vamos a intentar juntos la tarea de descifrar las señales que encontramos en el camino. Las señales que nos indican cómo vamos, hacia dónde nos dirigimos, cómo podemos aprovechar mejor el viaje de nuestra existencia.

Toda experiencia es aprovechable

La experiencia es la más copiosa fuente de mensajes para la vida. Es la apropiación del conocimiento. Es el saber que producimos a través de nuestros actos, palabras, reflexiones y sentimientos. Es una síntesis útil para la vida.

Generalmente la experiencia se nos da, una vez que ha pasado la oportunidad de ejercer las acciones que ella misma nos recomienda. La experiencia es un banco de información que luce como aplicable únicamente al futuro. Sin embargo, la experiencia es valiosa por lo que de ella podemos aplicar en este ahora y en cualquier momento. Pero siendo un aprendizaje inmediato, subjetivo y a veces tan sutil, no siempre nos es de una utilidad inmediata. Porque no sabemos lo que poseemos en ese archivo, en ese caudal de recursos, en esa cuenta a nuestro favor.

Tal vez por ello se dice a menudo que la experiencia se obtiene cuando ya no se necesita. Pero esta es una visión muy limitada de los alcances de la experiencia humana. La experiencia siempre será útil para algo. Si queremos que sea útil.

la experiencia es algo más que el recuerdo de algo que nos paso. Es toda una serie de hechos vivos, sensaciones, sentimientos y alternativas de acción. Podemos disparar el uso de la experiencia o dejar que forme parte de una historia intrascendente.

La verdadera experiencia se prueba en el momento que debemos utilizarla como recurso para resolver algo en este ahora.

La experiencia se recicla continuamente con nuevos datos, con aportes novedosos de todas nuestras vías, de nuestros sentidos, de nuestro pensamiento, de nuestro sentir y actuar. Cada vez que aplicamos la enseñanza de la experiencia a nuevos eventos de nuestra vida, fortalecemos, reciclamos nuestra experiencia.

La experiencia te ayuda a distinguir las señales que debes seguir en cada momento de tu vida.

Señales claras, señales oscuras, señales confusas

Las señales que recibes para actuar, para conducirte en la vida no siempre son claras y distintas. Pocas veces son apariciones de seres maravillosos que te dictan la forma de alcanzar el éxito y la fortuna y evitar las desgracias.

Las señales son eso exactamente, señales. Tienen su código, poseen su lenguaje, muchas veces oculto a la lógica usual que utilizas en tu vida diaria. Si esperas mensajes absolutamente claros y traducidos en tu lenguaje cotidiano, dejarás pasar muchas de las señales que pueden iluminar tu vida. Así que tendrás que aprender a descifrar lo que la vida te quiere decir a cada instante.

Las señales sin embargo pueden ser claras. Alguien con experiencia te dice, por ejemplo, que si intentas hacer algo de determinada manera, probablemente, te encontrarás con una situación determinada. Es un mensaje claro, pero de ti dependerá hacerle caso o desestimarlo.

La confusión de los mensajes está en la duda que posees acerca de su validez, más que en su significado. Dudas si aplicar o no lo que te quiere decir.

Existen señales claras e insistentes que te dicen que no debes continuar por determinado camino. Aparecen una y otra vez dificultades y tropiezos. Puedes pretender superar todo tropiezo o aceptar como una señal la dificultad por la que atraviesas. En ese momento debes dejar que hable tu ser interior.

Hay también señales que no son tan claras. En ocasiones, tienes sensaciones que no sabes definir, malestares de los que no conoces su procedencia. Son señales confusas que te toca no sólo interpretar, sino definir su naturaleza.

En ocasiones las señales son sólo referencias vagas. Sabes que son señales pero su contenido está expresado en un lenguaje que puede ser difícil de interpretar. Puede ser el lenguaje de los sueños.

En un sueño pueden aparecer referencias a los actos, a las decisiones que debes tomar. Sin embargo, el lenguaje del sueño es desconocido para la parte de tu ser que permanece en aparente vigilia y trata de ser razonable en sus decisiones. Entonces para identificar la señal debes penetrar en el lenguaje real de los sueños, un lenguaje que se aprende por la práctica constante.

Las señales son de variado tipo. A tu mente se pueden aparecer como claras, oscuras o confusas. Siempre deberás hacer una escogencia para transformarla en algo útil y decidir una acción a través de su interpretación.

Señales de avance, señales de rectificación

Dentro de la clasificación funcional de las señales que aparecen en tu vida, te encontrarás con cierta categoría de señales que una vez descifradas te indican una acción determinada.

Existen señales para el avance en lo que intentas. Cuando el camino luce despejado, por ejemplo, es el momento de avanzar con rapidez. Cuando te sientes con energía suficiente para emprender una obra, es el momento para acometerla con fuerza.

Las señales de avance se reconocen porque te facilitan el ir en una dirección, si todo lo que has hecho para ello está dentro de lo correcto. Las señales de avance también te permiten evaluar los progresos que has alcanzado y tomarlos como impulso a nuevos progresos. Las señales de avance abren las puertas a lo que deseas hacer.

En ocasiones cuando pensamos que todo está resultando demasiado fácil nos aterrorizamos. Pero el que las cosas vayan bien sólo significa eso. Que van bien. Nunca desprecies lo que te da la Providencia. Nunca desprecies lo que tú mismo has facilitado. A veces todo resulta fácil porque debe ser fácil.

Otro tipo de señales, casi el opuesto a la anterior, es la señal de rectificación. Las cosas comienzan a fallar. Los impedimentos se cruzan en tu camino. Y sobrevienen pequeños o grandes fracasos. Son señales. Tómalos como lo que son, señales para la rectificación. Se te está dando una nueva oportunidad de hacer mejor lo que debes hacer. Se te da la oportunidad de reconstruir.

Nunca es demasiado tarde para comenzar algo. Nunca es innecesario reemprender una obra, rectificando sus cimientos. Las señales de rectificación son una oportunidad para que el triunfo sea tuyo.

Del Libro Señales en Tu vida, Ed. Panapo, Caracas, 1997