sábado 28 de noviembre de 2009

Menos Uno



Hace un año se paralizó una cuenta regresiva. Llegaba a su término un decreciente conteo de días con sus angustias y tranquilidades, sus reflexiones y sentimientos. Un camión de esperanzas partía a otro destino.

El tiempo pasó rápido pero se cargó de experiencias. La esperanza se convirtió de nuevo en una posibilidad. Porque las posibilidades que se nos presentaban terminaron siendo mentiras, evasiones, restricciones mentales. Los valores esgrimidos o tal vez fantaseados, ante aquella viabilidad de tener una vivienda que nos perteneciera, dónde asentarnos como familia, se fueron al traste tan rápidamente como los venció el miedo.

Todo esto parece un acertijo. Vamos a los hechos para explicarlo.

Vivimos una primera etapa en la que se nos prestó una casa, mientras obteníamos la desocupación de una de las plantas de la casa materna para poder establecernos.

La promesa de mi hermano, su espontaneidad al ofrecernos una planta de la casa materna, cumplía con los deseos de nuestra difunta madre, expresados hacía unos veinte años, de que mi familia y yo ocupáramos esa parte de la casa. Era el regreso a las raíces, con el cierre de un deseo incumplido hasta ese momento por circunstancias varias.

Al mudarme a una casa prestada, también de un familiar cercano, valoré, como lo hicieron quienes supieron del hecho por mi boca, la solidaridad sin límites que significa facilitar una vivienda mientras se resuelve definitivamente una situación. Era un acto de solidaridad infrecuente pues constreñía a sus dueños las posibilidades del uso de su casa, aunque este uso fuese ocasional, en beneficio del familiar que llegaba con toda la confianza para resolver un problema de vivienda.

Pero la naturaleza humana tomó su cauce. Y digo la naturaleza humana, porque ella guarda con celo los vestigios de su forma más individualista.

A los pocos meses supe que no era posible que yo me mudara a esa planta de la casa materna, ocupada por una familia que supuestamente construía su casa. No tanto porque no quisieran mudarse, o porque estuviese atrasada la construcción que habían planificado, sino porque no tenían la más mínima intención de hacerlo ni nunca antes la tuvieron.

Ante la confrontación con este hecho, mi hermano se retracto de sus promesas. Según sus contritas palabras, fueron fruto de un impulso entusiasta, sin medida, sin el debido consentimiento de algunas partes involucradas. Fue una promesa en falso que excedía sus posibilidades y de la que ahora se arrepentía. En descargo de esto, prometía ayudarme a resolver mi problema nuevamente intacto.

Nuestra condición pasó de inmediato de huéspedes en la casa de mi familiar a arrimados. Se encendían las luces de advertencia en toda la estructura mental de la familia, tanto de mi familia estrecha, como de la familia ampliada. (Aunque ampliada es un término casi exagerado, teniendo en cuenta el exiguo número de personas que la conformamos).

Tal vez pasamos a la condición de arrimados no tan rápidamente, transitamos brevemente el estatus de huéspedes incómodos, aunque todo gasto, o la mayoría de los mismos, corriese por cuenta nuestra.

Cuando se develó que no había intención alguna de cedernos el espacio que una vez mi madre quiso para nosotros, la respuesta de mi hermano se apegó al legalismo y al convencionalismo más conservador: no estaba dispuesto a dejar que su heredad, el legado para sus hijos pasase a manos de otros, aunque esos otros éramos nosotros, su familia. El absurdo era tal que no se daba cuenta que prefería que la planta de esa casa quedase en manos de una familia que no era su sangre, en vez de que quedara en uso nuestro. Las palabras que se dijeron en esa ocasión pesan una tonelada en mi recuerdo. No guardo rencor, sólo un dejo de tristeza.

El problema arrancaba en los inicios mismos de la familia. A pesar de ser hijos de los mismos padres, del mismo padre y la misma madre, nuestros apellidos diferían por una novelesca circunstancia que alguna vez contaré. Me sentí, cuando mi hermano pronunciaba esas sentencias legales, como un verdadero bastardo. El hijo ilegítimo de un matrimonio. Cosa tan ilógica y estúpida que me dejó mudo.

Esta circunstancia nos abandonaba, a mi familia estrecha y a mí, en la nada. Y apresuraba el ritmo cardíaco de nuestros benefactores, de quienes nos habían cedido su casa. La vivienda que habitábamos estaba en riesgo, según sus temores. Allí, ante esa circunstancia, podríamos estar más tiempo del que ellos pudieran haber creído prudente. Nunca supimos cuanto era ese lapso prudente de tiempo hasta que se produjo el hecho fulminante.

Ciertas circunstancias se dieron para que sirvieran de pretexto a la desocupación de la casa. Y digo pretextos porque si somos conscientes la realidad de una necesidad imperiosa, esgrimida en un primer momento, fue diluyéndose en la nada. Y el tiempo nos dio la razón.

Así, un día cualquiera de septiembre una seca llamada nos advirtió de que debíamos hacer una desocupación inmediata de la casa. Nos obligábamos a dejarla libre en un término casi inmediato.

Regresábamos al padecimiento primario. Pero ahora nada teníamos. Se había decretado la desintegración familiar, de mi familia estrecha, por parte de quienes nos habían dado hospedaje, por parte de quienes nos habían dado promesas. O tal vez por mi propia credulidad en todo ese aparataje.

No los culpo ni me culpo. Tampoco cabe la disculpa. En ellos privó lo que en todo ser humano a veces priva: el individualismo como valor primordial. Creo que yo no hubiese obrado igual. Pero nunca lo sabré. Tal vez ese valor en el que se basa todo el egoísmo humano, sea casi insuperable.

En la desintegración todos los miembros de mi familia volamos hacia rumbos distintos. Tal vez esta sea una prueba de merecimiento para volver a unirnos en familia.

Para mí, particularmente es una prueba de vida. También una evidencia de situaciones que nunca cambiaron en la familia ampliada, sino tan sólo se morigeraron en la forma. Para mí es una prueba de cuánto puedo hacer para reunificar lo disperso.

Estoy casi en el punto cero. Soy un damnificado de las circunstancias. Nunca una víctima. Pero me enfrento solo a toda posibilidad en contra porque únicamente así podré tener un verdadero logro.

Pero el tiempo dirá si pude hacerlo o fracasé en el intento. Aunque sé que no hay fracasos sino logros inesperados. O incluso indeseados.

En algún momento, queridos lectores, tendrán el final de esta historia. O su definitivo silencio que es una forma de final. Esa que ustedes suponen y yo no quiero imaginar.

Porque, tal vez, no existan los finales felices.

sábado 29 de noviembre de 2008

Día 0


Permítanme darle las gracias estimados y estimadas lectores y lectoras por su asiduidad en el seguimiento de esta historia en tiempo real. Lo hago porque hoy nos vamos. Es el día cero. El del despegue de esta vivienda en la que hemos convivido por casi doce años, de estas paredes que vieron crecer a nuestros hijos e intensificarse nuestras canas.

Ya el camión de mudanzas espera abajo como nave espacial con los motores encendidos. En su cava guardará como en un sarcófago todos los restos de este aposento. El apartamento está desensamblado. Todo en cajas, en maletas en bultos, los muebles apilados, los enseres protegidos para el viaje como una momia para su eterna travesía al más allá. Las cosas comienzan a trasladarse. El eco principia a habitar estos espacios.

Por fortuna no nos arrojan al vacío, al frío de las tinieblas. Retornamos a una casa propia. Pero vamos por etapas. Tendremos que esperar su desocupación conviviendo con mis familiares.

No pediré la desocupación a quienes lo habitan, como me hicieron a mí y a mi familia, aplicando las trampas de la ignorancia en las leyes que rigen los actos humanos más allá de lo evidente. Como hemos sufrido la angustia del desalojo casi llegando a lo forzoso, dejaré que quienes aún moran nuestra nueva vieja casa terminen su vivienda propia en unos meses y se muden cómodamente. Sin premura ni lentitud, pura consideración, simplemente.

Mientras tanto, la convivencia con la familia se hace la regla.

No será fácil la labor. Las resistencias son muchas y variadas. No de quienes nos reciben sino de quienes vamos hacia allá. Muchas ideas preformadas, muchos prejuicios rondan en el aire de nuestras mentes. Para ser sincero en las mentes de mi querida familia.

Sabemos que en poco tiempo nuestra casa estará desocupada para nosotros. Por primera vez en nuestra vida familiar estaremos a cobijo en un sitio donde no pagaremos arrendamiento. Es mi casa materna. Y tal vez siempre estuvo destinada a nuestro uso. Pero teníamos que llegar a este grado de evolución para que todo se diera apropiadamente. Aunque aún no nos demos cuenta del significado de este logro. Que para algunos de mis seres más allegados parece una desgracia. Pero es una ventura verdadera: siempre hemos tenido casa.

Es como la carta robada de Poe. Siempre estuvo allí y no la veíamos. Apegados a la visión rutinaria de las cosas. A la imposibilidad falsa de mudarnos de Caracas hacia un pueblo tan cercano de todo, como lejano del estrés de la capital.

Ahora diré un discurso de vendedor de casas.

Es una vivienda cómoda, amplia, digna, tranquila. Situada en un pueblo cercano a Caracas. Un pueblo agrícola, el pueblo de mis ancestros maternos. Vamos a reencontrarnos con las raíces. Con la vida tranquila, con los nudos del pasado no resuelto, con los afectos por reforzar, con la libertad ejercida como opción y no como obligación. Al tomar la decisión consciente de que esa sea nuestra casa estaremos dando un paso importantísimo en nuestro avance como familia.

Nos espera el camión de mudanzas. Ya todo se ha trasladado. Lo fuerte y lo frágil. La casa está vacía. La habitan nuestros recuerdos y ella estará presente desde hoy en nuestros sueños.

viernes 28 de noviembre de 2008

Día 1


El silencio del embalaje es siniestro. Callados, todos obedecemos a un orden prefigurado de colocar ciertos libros juntos, las cosas frágiles juntas, los documentos juntos, la ropa junta… Los recuerdos no van juntos. Ni tampoco el acuerdo.

Cada uno los lleva consigo en su maleta mental. Y son ellos, apretujados, los que comprimen el pecho y la garganta, los que fabrican este silencio raro en una casa aérea surcada por los ruidos omnipresentes de las autopistas. Cada quien, igualmente, lleva su carga de discrepancia agria.

Ha llegado el momento de las verdades. O de descubrir las mentiras, simplemente. Y el descalabro del ayer persiste. Las fiestas de fin de año se oscurecen ante la posibilidad de la desunión. Nuestro espíritu infantil se opaca por el rudo encuentro con las realidades. Papá Noel no pudo traer consigo una casa nueva de regalo como queríamos todos los niños de esta vivienda.

Dejamos de ser críos pequeños por instantes. Los rostros sombríos, solemnes, de adultos que parecen aceptar una situación inevitable son máscaras que ocultan el verdadero rostro de individuos que luchan por formar una familia. Pero que ante la prueba, fallan. La ilusión rota queda como herida abierta. La amargura es la respuesta.

No hemos sabido leer en el libro de la vida la enseñanza que está a la vista. Explicada en imágenes. La vida nos empuja fuera de este pent house rentado pero no al vacío ni al estrellato del destripamiento.

Saber leer las señales es importante para comprender la realidad. La vida nos expulsa porque no sabemos escuchar su señal de alarma, de avanzar. Sin embargo, lo hace con guante de algodón. No nos hace daño, lo hace con la máxima consideración, aunque parezca duro el procedimiento. Nos da plazos, nos ofrece esta cuenta de días. Nos exime de obligaciones costosas.

Le pedimos a la vida una casa propia y nos la concede. Pero no nos hemos dado cuenta de ello. A pesar que se los explico a los demás miembros de mi familia, no caen en cuenta de esa singular gracia. Sacan las garras, no para atacar sino para aferrarse al pasado. Es necesario dejar ir y reconocer lo que de ahora en adelante tenemos.

Mil excusas para no dejar esta ciudad. Puedo comprender las incomodidades y molestias de dejar relativamente lejos las actividades que nos ocupan diariamente y las rutinas que nos se adueñaron de nosotros por tantos años. Pero, si contamos la distancia en tiempo, estamos a cuarenta minutos de esta misma locura. Así que lo que perdemos en trayecto lo ganaremos en tranquilidad. En muchos sentidos.

Vamos hacia la casa propia que hemos soñado pero a la que no reconocemos. Siempre por ir detrás de un sueño distinto. Mi propia familia me acosa entonces hasta el punto de querer hacerme prometer que cambie un piso firme por otro en el mismo régimen de angustia del que vamos a dejar mañana.

Quiero – y esto se los digo a cada miembro de mi familia – que experimenten el cambio como una posibilidad. Que experimenten sin prejuicio. Van hacia una vivienda de donde no los van a echar nunca. Vamos hacia la posibilidad de un hogar que algún día puede ser tranquilo. Al principio no será fácil, lo sé. Pero juntos nos adaptaremos.

No corran detrás de las imágenes del sueño, vayan detrás de los significados del mismo. Esos nos dicen que vamos por buen camino. Que vamos hacia la casa de nuestros ideales hecha realidad, la mejor realidad posible.

De lo contrario, no aguantaremos juntos ni un año ni un mes ni un día ni una hora ni un segundo más.

jueves 27 de noviembre de 2008

Día 2


Parece que los motores de ignición quieren encender antes de la cuenta final. Es más, en este momento no creo que esta pueda llegar a cero. Saldremos despedidos antes a otro espacio.

Supimos hoy la existencia de una sentencia en nuestra contra. En un juicio donde estuvimos ausentes. En un proceso kafkiano muy abreviado pero igualmente con consecuencias imprevisibles, extrañas, absurdamente humanas.

El conocer esa circunstancia de una forzosa salida de la vivienda que hemos ocupado por casi doce años fue un detonante. Todos pudimos imaginar que tendríamos que abandonar nuestra casa en cualquier momento. Y que la cuenta ya llegaba a cero. Mas otra cosa es tener la convicción de que ello obedecerá a razones externas a las nuestras. A un empujón, a una zancadilla.

Ya sabíamos que teníamos que emigrar. Aunque no hubiese un rumbo fijo. Ya sabíamos que debíamos tomar camino. Ya sabíamos la fecha y estábamos conscientes de nuestro acto voluntario. Pero descubrir la solapada maniobra de una traición nos enardece.

Se pueden hacer muchas cosas por tratar de permanecer en el sitio y defender nuestros derechos. Legalmente nos veríamos envueltos en un exquisito pleito que con toda seguridad ganaríamos. Pero no es lo que quiero. Hay que evolucionar, dejar el nido, moverse.

El movimiento, la mudanza hacia algo más nuestro, hacia la cercanía de algo nuestro es ya una ganancia. El librarnos de las toxinas de un estado de caída permanente, de un susto suspendido en el espacio y en el tiempo, es una enorme beneficio. No es la actitud de la zorra de Samaniego que ve las uvas verdes porque no las puede alcanzar, sino la de quien puede alcanzar las uvas y constata que nada haría tomándolas.

Pero la explosión emocional interna en mi familia ha sido tronitosa. Cargo con todas las responsabilidades. Lo admito. Con los errores y los aciertos. Pero esto que parece la consecuencia de un error sé que a la larga será un tremendo éxito.

En este momento no se puede apreciar. Estamos en el estado de choque de algo que sabíamos podía pasar pero que nos negábamos a aceptar realmente. Tuvo que venir la realidad a abofetearnos con un papel para que cayésemos en cuenta que debemos movernos.

Casi no hay tiempo de planificar sino de tomar los planes previstos para esta contingencia: La diáspora familiar. No lo que hubiese querido yo, porque hay otra opción, la de permanecer juntos. Pero significa rehacer rutinas, tomar nuevas costumbres, cambiar patrones de vida. De todas maneras estos cambios cada quien los va a hacer, aunque no se dé cuenta, aunque quede en un sitio cómodo para sus actividades diarias. Tomaron esa opción, al menos en principio, y la respeto.

Caigo en cuenta que casi le estoy escribiendo a mi familia para decirle a cada uno de sus miembros que el pleito no es entre nosotros. Fue contra nosotros, contra todos. Y ya pasó. Que si nos desunimos perdemos. No un litigio sino algo más importante, el sentido de familia.

Disculpen, apreciados lectores y lectoras participantes de este serial, pero ha sido un desahogo necesario. Una carrera eufórica de alguien que señala que quedan dos días. También dos opciones. Yo he tomado la una, la de la unidad, a pesar de que los demás tomaron la de la dispersión. Los respeto en su decisión. Sé que sobreviviremos aún aparentemente en puntos distintos. Más aún viviremos mejor. Y en algún momento cada uno pensará que es posible aquella primera opción, la uno. Que será la de mañana, que será la del mañana.

miércoles 26 de noviembre de 2008

Día 3


Una decisión puede ser la correcta, la más razonable, la perfecta desde muchos puntos de vista y, a la vez, ser la más impopular, la menos deseada. Eso me ha ocurrido al plantear ayer la decisión de abandonar la estéril lucha por un suelo aéreo que no nos pertenece y que además nos despidió.

Pero nos asimos al aire de nuestros sueños. A pesar que estos sueños, en este momento, no puedan pasar de su estado larvario, de la elucubración a la floración en el mundo de las realidades tangibles.

Soy un defensor de los sueños posibles y hasta de algunos imposibles. Pero no dejaré la vida por un capricho disfrazado de anhelo. La vida nos indica caminos y a veces lo hace con dureza porque seguimos aferrados a un estilo de hacer las cosas separado del ritmo de ella misma.

Cambiar, en ese momento, es lo necesario, es el aprendizaje. Sé que ese cambio nos puede complicar la vida en muchos sentidos. Nos puede limitar, más de lo que estamos, a movernos dentro de ciertos parámetros. Pero ¿siempre no es así? La verdadera libertad la alcanzamos interiormente o cuando las condiciones exteriores se acoplan con esa libertad interior. Cuando trabajamos en consonancia con las leyes de la vida.

Nadie puede decir que la libertad sea fácil de obtener. No es nuestro estado natural. Es un estado que construimos, hacia donde vamos si sabemos dar los pasos correctos, en consonancia con la vida.

La libertad no es hacer lo que se me ocurra. La libertad es que se me ocurra hacer. Y lo haga. Porque lo pensé, lo planifiqué, lo dije y lo construí. Y eso que hago está de mano con las fuerzas vitales. La libertad no es muerte. Es vida.

Pero volviendo a este día tres, a esta trinidad profana de jornadas que ven acercarse la nada, reafirmo la idea de tomar una decisión que nos ubique fuera del estado de presión, de angustia, de desasosiego en el que vivimos mi familia y yo.

Es inútil conservar un sitio si ese sitio es una tumba. Dejemos que los fantasmas lo protejan. Prolongar la agonía eternamente es un castigo de los dioses griegos. No es adecuado adoptarlo como forma de vida, aunque esté internalizado entre nuestros arquetipos. De vez en cuando debemos darle vacaciones a Prometeo.

Tres días faltan para el amén. En ellos aún no sé qué puede pasar. Si la decisión de ayer provocó tal malestar, puede entonces preparar una tremenda ruptura, una disolución, un gran bang que no creará un universo nuevo sino una dispersión de asteroides o la explosión de Kriptón sin nave que salve a Superman para que pueda evitar situaciones parecidas en el futuro y nos libre de las hecatombes. La desbandada familiar no es una solución. La solidaridad en el actuar sí puede serlo. Tal vez sea la única manera de salvarnos.

Agradezco a M C. Escher el préstamo de su obra Tres Mundos que ilustra este día.

martes 25 de noviembre de 2008

Día 4


Los cuatro elementos tradicionales que componen la materia parecen presentarse en este día concretando decisiones.

Llegado a este punto el camino no tiene bifurcaciones, al menos no se le ven. La decisión debe tomarse en un solo sentido.

Puedo resistirme a salir de la vivienda que habito. Puedo prolongar el sufrimiento incluso por meses, con toda la tensión que ello lleva tanto para mi familia como para mí. Pero tarde o temprano debo abandonar este sitio que no me pertenece ya. Desde hace algún tiempo se ha desprendido de nosotros para permitirnos que nos despidamos de él.

La mejor opción no se ha presentado. Al menos eso es lo que parece, La de una vivienda propia, bien dispuesta, digna, cómoda, cercana a nuestras ocupaciones cotidianas. Pero, tal vez no hayamos visto que estaba junto a nosotros desde el principio.

Nos hemos resistido a ver nuestra realidad inmediata y a observar sólo nuestros deseos, nuestras fantasías, nuestras imágenes dispersas. Porque cada uno de nosotros, los integrantes de esta familia, tiene su propia imagen de la vivienda ideal. La que se acomoda a sus costumbres y sueños.

Pero nuestro hogar ideal debemos construirlo entre todos. Y es más que un sitio donde estemos, es una forma de estar en un lugar, de convivir en un espacio y un tiempo comunes.

No puedo decir que tengo que tomar forzado una decisión. Las oportunidades tienen extraños giros. Pasan cercanos a nosotros y se esconden en las distancias cortas. Se disfrazan de tragos amargos para descubrirse como la mejor opción en un momento dado. Es cosa de ver con optimismo esa escogencia. Igual un palacio puede ser una desgracia embrujada o un plácido hogar. Y una choza puede ser una choza, simplemente.

A cuatro días del cero mi escogencia es la de permanecer juntos en un lugar. El lugar existe y está esperándonos, a pesar de las oposiciones de los demás miembros de la familia. Es un lugar cómodo, plácido, tranquilo, aunque distante de sus habituales ocupaciones. También de las mías. Pero es un lugar donde el estrés del plazo vencido no nos perseguirá. Donde hay un futuro a mediano plazo. Donde la lejanía se hace más cercana cada día, mientras practicamos la experiencia de vivir allí.

La decisión está tomada. Tiene muchas resistencias, Y puede cambiar. Como cambia la vida a cada instante. A veces apurar el trago amargo es una suerte. Como encontrar un trébol de cuatro hojas que decidimos guardar con alegría o nos lo comemos para quedar con hambre.

lunes 24 de noviembre de 2008

Día 5


Faltan cinco días para la hora cero. Casi se puede cantar faltan cinco pa’ las doce el año va a terminar, me voy corriendo a mi casa… pero ya no hay casa.

El futuro se hace cada vez más presente, hasta que deje de ser futuro y se convierta en pasado. Este de hoy ha sido un día para contar con los dedos de una mano. Cinco. Sin mayores sobresaltos que el malestar de un resfriado pertinaz, producto de la lluvia y del trasnocho del fin de semana.

Alguien que haya llegado en este momento a la historia pudiera pensar que el fin de semana fue una fiesta. Nada de eso. O a lo mejor sí. Hay que pensar que los mártires –más bien quienes los veneran– celebran su cruenta muerte con una fiesta. Una alegría por sus sádicas afrentas. Yo no llego a tanto. Apenas al conflicto con la vida.

Es necesario conocer que cinco representa al ser humano. También las llagas de Cristo. Indispensables en una historia de dolor. Cinco también los días para la medianoche en una película que nunca vi, donde un profesor encontraba un expediente policial en el que se investigaba su propia muerte acaecida pero en realidad a acaecer dentro de cinco días. La carrera para salvarse es furibunda.

Como la mía, que atraviesa toda suerte de peripecias, las más, mentales y alguna que otra realmente física.

El cinco alude a los sentidos. Aunque a estas alturas casi todo ha perdido sentido. Algunos de los sentidos más sutiles, aquellos de la fina sensorialidad, se notan bastos, ante el embate de las realidades inmediatas, de las dificultades desencajadas, de las posibilidades crucificadas. El aire escasea, todo parece acabar. Los cinco sentidos se reducen a un puño de experiencias. Casi a un cero.

Sigo escribiendo esto en el delirio febril del resfriado. Por la obligación que me tracé de dar parte de mi vida cada día. Pero percibiendo bien las cosas, en estos cinco días veo más claro hacia dónde va todo. Me dirijo hacia un rápido por un río, tal vez el de la vida. Pronto encontraré una cascada. Después de ese límite el gran vacío, el salto, el vuelo o la caída. Será lo mismo. Una sensación de vacío, de vida plena que durará el tiempo suficiente para aterrizar o para estrellarse.

Pero ese terreno siempre dará paso a la imaginación. Allí tenemos toda suerte de trucos para un escape perfecto, para una salida rápida, para un final feliz, de película.

De los finales de la ruda realidad aún no me ocuparé porque sé que ese, dentro de cinco días, no será el definitivo.

domingo 23 de noviembre de 2008

Día 6


En seis días Dios creo todo lo que existe, según expresa la tradición bíblica. Tal vez en estos seis días que faltan podamos crear una vivienda digna, justa y apropiada. Es más económico que el mundo y menos solemne. Pero en un solo día también se puede derrumbar todo lo existente.

Luchamos entre el todo y la nada. Por ello la pieza del dominó máxima es el doble seis, la expresión suprema numérica, creadora de trancas memorables alivio para quienes la colocan en el juego sin reservársela para la cuenta en contra. La piedra de salida o primera piedra en la construcción del juego.

Estamos en una especie de juego. Cada contendor pone su piedra. Obramos en equipos enfrentados. Y completamos un ciclo en ese enfrentamiento matemático.

Las matemáticas no engañan. Pronto el cero cerrará el círculo. Sin embargo, aún no sabemos qué puede pasar.

Lo que creemos seguro, en un segundo deja de ser posible y aquello que creemos imposible se visualiza como factible y se hace realidad. Los extremos cambian de polo. En otras ocasiones acaece lo que parece va a pasar. Pero ello como no es sorpresivo, pasa por irrelevante. Alguien cumple su sentencia en el tiempo justo, alguien llega puntual a una cita…

Algunos proponen una optimista teoría que encierra al número seis y que uniría a toda la humanidad en un sinnúmero de combinaciones. La teoría de los Seis Grados de Separación intenta probar que “el mundo es un pañuelo”, o lo que es lo mismo, que cualquiera en la Tierra puede estar conectado a cualquier otra persona del planeta a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios (conectando a ambas personas con sólo seis enlaces). Se basa en que el número de conocidos crece exponencialmente con cada eslabón de la cadena, y solamente hacen falta unos pocos eslabones para que ese grupo de conocidos englobe a toda la humanidad. (El Kortxo)

Todos conectados tendríamos una fuerza que todo lo alcanza. Para ello lanzo mis palabra al aire electrónico, sin importar que mis visitantes asiduos sean solo seis. Más de un millar de visitas tendría suficiente fuerza para cambiar el panorama inicial. Creo que ha servido para ello. Al menos sé que todo cambia.

Seis es un número de unión y trabajo. Sin embargo para mí este día 6 ha sido de descanso. Extraña paradoja. Ha de ser porque tomo una pausa antes que pasen estos seis días finales de mi historia. No de la Historia ni de mi vida, sino de este relato de mi acontecer diario compartido contigo.

Después proseguirá la vida. Con toda seguridad. Pero algo debe haber cambiado. Un sitio, una actitud, una persona. Por ello, en las seis cuerdas de la guitarra se desgranará cualquier melodía completa. El seis dará paso al todo de una pieza magistral, tal vez el Concierto de Aranjuez de Rodrigo, exaltando la vida que vence el silencio sepulcral y la oscuridad eterna.

sábado 22 de noviembre de 2008

Día 7


El siete, ancestralmente ligado con la suerte, a la buena suerte por supuesto, llega en medio de un ambiente pleno de humedad. El agua parece empaparlo todo. Lo emocional rezuma por los bordes de la realidad.

He reflexionado sobre la enseñanza del día anterior que se ligó con este en la madrugada. La vida nos enseña que nuestra posición ante ella es de fragilidad controlada. Toda fortaleza procede de saberse apenas un luminosos átomo del universo.

Las posiciones tomadas, las ideas defendidas con almenares, torretas, atalayas y gruesos muros, devienen expuestas a la intemperie cuando sus defensas son ya ruinas. Toda construcción es un proyecto. Toda construcción desea vencer la provisionalidad pero se torna pasajera si cree desafiar el tiempo fuera de toda consideración de las leyes básicas del universo.

No hablo de leyes metafísicas. Apenas de las leyes físicas. La simple gravedad terminará venciendo a la piedra colocada en equilibrio inestable. Solo gozando del espectáculo de esa roca sostenida en el aire por instantes tendrá sentido su construcción.

Los grandes monumentos del hombre terminan pareciéndose a las obras de la naturaleza. Montañas de escombros finamente construidos. Cuevas erosionadas por el viento de los siglos. Recuerdos de la cultura humana e ilusión de existencia del pasado como algo real. Las siete maravillas del mundo antiguo, excepto las pirámides, sólo viven en el recuerdo. Las pirámides vencen el tiempo camuflándose con la arena del desierto, esperando que algún día las olvide el viento.

Empeñarse en no caer termina por hacer más dura la caída y con más estruendo. Seguir el rumbo de las cosas no es un dejarse llevar indolente. Es conciencia del ritmo del tiempo y de la vida.

Existen momentos para hacer y momentos para desmontar lo hecho. Tal vez sea el momento de desarmar la carpa donde vivíamos, abandonar el sitio prestado por la vida sin rebelarse a su oculto designio. O tal vez sea el momento de emplear nuevas estrategias porque las usadas no han dado resultado.

De cualquier forma, la experiencia vivida demuestra la fragilidad de la existencia ante cualquier esfuerzo que no vaya acompañado de la armonía y el equilibrio suficientes para navegar con el viento del momento y no contra las fuerzas opuestas. Parece algo muy abstracto. Pero yo lo he vivido. Es una suerte que me trae este siete en la cuenta de días.

Día 8


Ocho días es un tiempo infinito si lo acostamos. Tal vez duerma por mil años. Pero ocho días esperando en la puerta de los sucesos, de pie, puede ser una amenaza. Faltan ocho días en el plazo de esta cuenta interminable a la que se le ve un pronto final.

Ocho días pueden abrir un zipper y desnudar las cosas tal cual son. Pueden también cubrirlas del frío. Ocho es un número que da para infinidad de situaciones y posibilidades.

Una parece cerrarse, otra se abre en el mismo sentido. Día de diligencias y de tope con las realidades. Día de consultas y aclaratorias. Un día memorable para alguien que quiera olvidar.

Dejé trunca la reflexión. Me tocó atender una emergencia familiar y pasearme por la noche caraqueña, ruda y fría. Guardaré los detalles de la situación. Pero sus raíces están hundidas en la causa de esta cuenta de días. El estrés acumulado, las expectativas rotas, el cero en puertas, hacen estallar a cualquiera.

Y la explosión nos toca de cerca. Afortunadamente todo pasa y se resuelve favorablemente. Pero queda la enseñanza. Aún no sé cuál. Pero lo descubriré.

jueves 20 de noviembre de 2008

Día 9


Los días son segundos alargados por el tiempo elástico de lo emocional. Un día pasa en un suspiro o en una eterna noche. Hoy llovió todo el día e hizo de la luz un bien escaso que presagiaba la noche. Fue un día largo de agua y sombras.

Ahora, en la noche, intenté un acercamiento para hablar con el arrendador del inmueble que me sirve de vivienda junto a mi familia. Fue un vano intento. La lluvia se llevó las palabras de conciliación. Pasó al terreno de la lucha legal. Al campo de batalla.

Es algo que no tiene sentido. Cuando se puede resolver algo directamente, hacerlo indirectamente, con mayor costo, con más esfuerzo, con mayor agotamiento, es una elección irracional. O tal vez muy racional, al más puro estilo hominal. Porque los humanos somos unos seres llamados a probar nuestra propia estupidez a cada paso.

Es su elección. Serán sus consecuencias. No importa cuáles sean. Es un asunto enojoso que termina de molestarme. Antes me gustaban los días lluviosos. Hoy están envueltos de este manto de malestar. En estos circunloquios próximos a la locura.

Nueve días faltan, como el film que no he visto. Una película por hacer. Nueve días marcarán los pasos hacia el futuro.

Pero soy optimista. Aún falta tiempo para el desenlace. Y tal vez este se produzca antes de los nueve días. Si es así será a mi favor. Y si es al término, era de esperarse. No habrá sorpresa.

miércoles 19 de noviembre de 2008

Día 10