sábado, 1 de noviembre de 2008

Día 28


Cuando inicié esta Cuenta de días, no pensé que hubiese momentos en los que fuese tan difícil escribir algo coherente ante las circunstancias que desde el principio había advertido, sobre el inminente cambio de vivienda y sus problemas.

Hoy estoy abatido por los reproches que me hace mi esposa. No puedo culparla. Incluso, yo no me culpo de las cosas que me dice. Ni siquiera voy a calificarlas. Pero tampoco a comprenderlas pacientemente y a justificar su actitud. Dejemos que el tiempo se encargue de ello.

Lamento tanto que esta situación nos lleve al borde de las incomprensiones. Miramos el abismo a un minúsculo paso.

Estoy oprimido por una sensación de derrota. Pero sé que debo seguir adelante. Si no hago la cuenta, ella avanzará sola y yo no habré tenido oportunidad de darme cuenta de todas las aristas de esta situación. Nada aprendería. Todo se lo llevaría el torbellino de la desmemoria.

Este ha debido ser un día luminoso, como fue el amanecer que ves al inicio de esta nota. No solo por ese detalle ha debido ser un día claro. Visitamos también un apartamento que podría ser nuestra futura vivienda. No obstante, los miedos, las angustias, la estupidez humana que llevamos dentro y a todas partes nos hace este enorme saboteo de enfrentarnos ante lo desconocido.

En este punto las oportunidades se transforman en amenazas, en escollos insalvables para la mente humana.

Es posible que no estemos preparados para reiniciar nuestro hogar en otro sitio. Tal vez la vida nos lo está diciendo. Lo digo con amargura. Lo sé. Y en ello me presento en mi fase siniestra. Pero es inevitable tener dos manos, dos hemisferios cerebrales, dos ojos. Y no un solo humor. Este es mi humor más oscuro.

No sé si el paciente lector me entiende. Ni siquiera si es paciente. Cosa muy probable si ha leído hasta este punto. Al fin y al cabo se trata de mi problema. Pero sé que también es parte de la compleja conducta del ser humano. Y de ello tal vez pueda el lector aprender. Obtener información al menos.

Descubro hoy cuán cerca estamos de una permanente dualidad de sentimientos. Baste el ejemplo de esta dual opción: por una parte, el querer mirar la vida con ojos optimistas. Y por otra, el observar las desventuras de la cotidianidad entorpeciendo ese camino con la bandera de un realismo horripilante.

Es como para creer que el optimismo es solo un concepto para cuando nos va bien. Un concepto para leer en ciertos libros de autoayuda, cuando todo el entorno está resuelto. Pareciera que el optimismo no está hecho para convivir con las necesidades básicas. Ni con la enorme cantidad de intereses individuales. Es un concepto de actitud, elitista. Para aquellos que han superado las condiciones mínimas de las necesidades básicas.

Para el resto queda un concierto desesperado de realidades y deseos, donde cada uno toca su instrumento como solista, sin darse cuenta que forma parte de una gran orquesta.

La cotidianidad se nos figura como si interpretáramos una enorme partitura, donde cada individuo, tiene sus notas. Y las toca. Si estamos conscientes, el resultado puede ser bueno.

Al final, el concierto será un magistral eco, una gloriosa elevación o un simple alarido estremecedor. No lo sabemos aún porque ese concierto está en desarrollo.

Por ello, prosigue la Cuenta de días, marcando el compás y esperando que el siguiente sea más benéfico que este.


viernes, 31 de octubre de 2008

Día 29



Las conversaciones ajenas, en ocasiones, nos traen mensajes que pueden constituirse en señales acerca de lo que estamos pasando en la vida. Las señales son indicaciones de posibles respuestas. O estímulos para seguir adelante.

No se trata aquí de hacer una apología del metiche, o de esperar señales del cielo detrás de las puertas con los oídos aguzados, sino advertir la importancia de la señal, lo indispensable de permanecer en un estado de alerta, el mantenerse en un estado de vigilia ante toda circunstancia, en todo momento. Sin entrar en el desasosiego de la ansiedad perpetua, por supuesto.

Todo ello viene porque hoy escuché una conversación desde el sitio donde estaba. No tuve que moverme para prestar atención y oír claramente el mensaje que me traía. Estaba dirigida a mí. Aunque el interlocutor hablara con otra persona.

Contaba el fortuito narrador lo que le había sucedido ante la pérdida absoluta de su vivienda y propiedades. Una dificilísima circunstancia en la que no sabía qué hacer.

Guiado por la intuición contó su problema, sin esperar nada. Lo hizo ante el presidente de la empresa donde trabajaba, un hombre caracterizado por su comprensión de las dificultades ajenas.

Después de escucharlo con atención, sin que el afectado se retirara, hizo una llamada telefónica y pidió al atribulado empleado que esperara unos momentos. Al poco rato apareció un asistente suyo y le entregó dos juegos de llaves y unos papeles.

Se dirigió entonces al asombrado empleado que a cada instante, a cada palabra, sentía latir más fuertemente su corazón, diciéndole: aquí tiene dos juegos de llaves correspondientes a estas dos direcciones. Son dos apartamentos míos que ni conozco. Están desocupados y amoblados. Vaya y escoja uno.

El empleado no se hizo esperar y visitó las propiedades, escogiendo la que le pareció mejor a sus necesidades. Así se lo hizo saber al día siguiente a su jefe quien enseguida le preguntó si deseaba adquirirla. El empleado solícito asintió. Entonces es suyo – le respondió el presidente de la empresa – tiene un mes de gracia, después hablaremos del precio – completó.

El empleado se mudó inmediatamente. Y aunque no sabía cuánto le costaría aquel buen apartamento, tenía confianza de poder comprarlo.

Al mes fue llamado ante el presidente de la empresa, quien en una junta con sus asesores le anunció el precio del inmueble. Un precio más bajo que el del mercado. Además ,le ofreció todas las facilidades para pagarlo.

Fue tal la felicidad después de firmar los papeles de registro de la propiedad que el beneficiario compró un número de lotería, confiando en su suerte.

Con lo que ganó ese día pagó su propiedad.

El jefe le llamó y le aclaró que no era necesario tal premura, pero que si así lo quería, él lo aceptaba. Eneseguida le entregó el otro juego de llaves, las del apartamento que no había elegido. Y le encomendó la tarea de buscarle un comprador que estuviese en las mismas condiciones, para darle las mismas facilidades que le habían sido concedidas.

No pasó mucho tiempo y alguien con un problema similar al que él alguna vez tuvo le preguntaba si conocía alguien que le pudiese ayudar. Se le iluminaron los ojos. Su respuesta fue darle las llaves de aquel otro apartamento. Continuaba así una cadena de favores.

La vida es una cadena de favores, dice el lugar común. La experiencia parece comprobarlo. Pero se necesitan ciertas condiciones. Esperar lo mejor, es una de ellas. Saber que los problemas son oportunidades de encontrar respuestas y cierta pureza de corazón para aceptar los dones de la vida.

Podemos entonces, incluso, borrar la tentación a jugar a la suerte. Es mejor producirla con la actitud adecuada.

La pureza de corazón, hoy en día, parece una posición ingenua. Está bien. A eso me refiero, sólo la ingenuidad infantil nos salvará del pesimismo que pretende basarse en realidades. Realidades que sólo terminan siendo prejuicios presentados con profundas palabras hechas del eco del abismo.

jueves, 30 de octubre de 2008

Día 30


El día treinta de nuestra cuenta regresiva coincide con el treinta del mes. Más allá de introducirme en el mundo de la numerología con criterios díscolos, quiero reflexionar sobre la coincidencia de las dos cuentas, la progresiva y ésta, la de días que se acercan al cero paulatinamente, jornada tras jornada.

Deseo ir más allá de delatar la sorpresa, previsible, de números que concurren en similares cifras. Las condiciones de dos sucesos que parecen distantes, separados, asincrónicos, en algún momento de su tránsito, se tocan, se solapan e igualan en una perfecta comunicación, en una misma identidad.

Como dos astros que a la vista humana confluyen y se refuerzan para luego volver al ritmo que les otorgan sus órbitas distantes.

Los sucesos que creemos opuestos, incluso, en algún instante llegan a ser similares y a confundirse en uno solo.

En el caso de las cifras, las coincidencias son periódicas ya que comparten el mismo lenguaje exacto. Más aún si se estrechan en márgenes como los de los meses, que no pasan de treinta y un días y ese ciclo de cincuenta días que inauguramos hace veinte.

Las coincidencias, más allá de la curiosidad que pueden despertar, nos hacen ver que lo que parece imposible puede ser factible. Que lo que lucía difícil no lo era en el fondo de su dinámica.

Todo se mueve. Ese es el secreto de las coincidencias. Y en algún momento los elementos cuadran, las piezas se unen como un rompecabezas y se produce un fenómeno de sincronicidad donde todo marcha a la perfección.

Pero, de la misma forma, este momento nos hace observar el siguiente. Al no llegar a un punto final, todo cambiará mañana. Las coincidencias de este tipo tienen un tiempo limitado, una fecha de vencimiento.

Si no escribo esto en este día, mañana lo mismo no tendrá sentido. Así pasa, también, en otras coincidencias que llamaremos mejor confluencias. En ellas es necesario hacer lo que tenemos dispuesto. Caso omiso, tendremos que esperar a que se produzcan de nuevo. Y, a lo mejor, ese momento no llega dentro de lo que tenemos previsto.

Nos movemos, generalmente, en amplios márgenes. En ellos nuestros actos van estructurando, en una serie de pasos, un todo. Se van sumando estas parcialidades hasta que finalmente llegan a una elaboración global válida. En las confluencias los márgenes de reacción son pequeños pero en ellos podemos obtener ese mismo resultado en un solo momento.

Ante las circunstancias que me toca vivir, voy sumando esfuerzos. A veces, sin la sensación de que tengan sentido. Pero se van acumulando. Hasta obtener un logro.

No obstante, si hubiese una confluencia, lo único que me haría aprovecharla sería la apertura de mis sentidos para actuar en ese momento preciso.

Cualquiera de las dos modalidades se presentará para resolver mis conflictos con la cotidianidad. Aprovecharé la que llegue primero, bien sea la que se parece a este día treinta, de coincidencias, o la que se prefigura en el día cero, el de las verdades reveladas finalmente.

Algo habrá de pasar. Y haré que pase.


miércoles, 29 de octubre de 2008

Día 31


Generalmente en lo que ocurre a diario lo más importante no son los resultados. A veces nos creemos con las manos vacías de cosas por mostrar, de trofeos que enseñar, de resultados cuantificables. Y olvidamos lo que hemos vivenciado.

Lo más importante de lo que ocurre a diario es el proceso. Cómo van sucediéndose los eventos y cómo nos van enseñando múltiples lecciones. El que no queramos aprender no significa que la lección de vida no se haya dado.

Pero como a menudo nos esforzamos en perder el tiempo, dejamos pasar lo esencial en busca de una consecuencia simple de lo que hemos hecho. Lo verdaderamente prodigioso, importante y digno de ser estudiado es cómo se ha realizado eso que nos lleva a cierta consecuencia.

No importa ni siquiera el signo de la consecuencia lógica. Si es negativa o positiva, igual nos puede enseñar. Lo realmente importante es dejar que esa consecuencia también hable y se refiera a lo que hemos hecho para llegar a ella.

Igual que los hechos, las consecuencias y especialmente los procesos que nos llevan hasta allí son especialmente locuaces en cuanto a enseñanzas. Malo está que seamos sordos a lo que nos dicen o volteemos hacia otra lado para no ver lo que ese acto significa en nuestras vidas.

¿A qué vendrá todo esto? La respuesta no es simple, pero vamos a empezar –y terminar– por lo más sencillo. En este acontecer de búsqueda y desarraigo, por llamar eufemísticamente al problema de mi vivienda, las respuestas no proceden siempre de las sugerencias o los resultados de las sugerencias sino de la forma de relación, de la formulación de la idea, del pensamiento alternativo empleado en ella.

Nunca el tiempo está perdido, aunque veamos como se nos fue el día en unas cuantas palabras escuchadas y dichas en unos cuantos ejercicios sin finalización. Es necesario buscar en el proceso, en la forma de actuar, de responder, de afrontar las cosas la ganancia del día. No en lo que parece quedar, sino en lo que pasa está la respuesta a nuestras interrogantes diarias.


martes, 28 de octubre de 2008

Día 32



Hoy he reflexionado sobre la palabra y la acción. Consecuencia natural esta de la reflexión de ayer.

El escritor solo cuenta con la palabra. Casi se diría que su acto es la palabra expresada. Construye con palabras. Y su obra es verdadera. Siempre y cuando llegue al lector, lo mueva en el sentido propuesto o en algún otro sentido que el mismo lector propone.

Pero por lo general la palabra echada al vuelo se pierde sin retorno. O se desinfla como un globo de helio sin control. Porque la palabra sin finalidad más que la expresión misma, la emoción, la crítica o la repetición impulsiva, no llega a ser creadora.

La palabra a veces propone muchas cosas. Simples deseos. A la vuelta de la página se olvidó y pasa a volar como paja en el viento.

El asunto entonces es recuperar el poder original que tiene la palabra como fuerza creadora. Todo cuanto uno diga es una creación. Sólo que la misma puede concretarse en acciones o pasar sin mayor consecuencia, en el mejor de los casos. A veces la palabra se devuelve contra quien la pronuncia. Pues se constituye en una promesa hecha a alguien en particular o a la vida en general.

Prueba de ese poder de la palabra es lo que produce en ti. Observa esto que te digo. Mira todo lo que despierta en tu ser interno. Te ves tocado por ella. Y yo me relaciono contigo. Como decíamos ayer.

La palabra cambia el ánimo de las personas. Una palabra destemplada, agria la relación. Una palabra solidaria y a tiempo, llena de confianza y de optimismo. Yo he recibido hoy algunas de esas palabras que le hacen a uno persistir, sabiendo que existen amigos que lo apoyan a uno y le expresan su verdadero afecto.

Por eso persisto en contar los días. Y esperar que al cero prosiga un despegue exitoso hacia un destino elevado. O por lo menos hacia un piso intermedio cómodo y digno.


lunes, 27 de octubre de 2008

Día 33


La literatura le mantenía a flote, supongo, pero es un salvavidas limitado, cuando las heridas y dolores trascienden la palabra.

Rolando Gabrielli


Esta frase dedicada a David Foster Wallace, novelista norteamericano que en días pasados decidió poner fin a sus días de desdicha en esta tierra, me captó absolutamente. Aparece en una interesante nota de Rolando Gabrielli en Ciudad Letralia.

Seguí leyendo el artículo y observé, entre las múltiples y relevantes reflexiones del autor que, ese caso particular constituye una especie de reflejo de la suerte del escritor en nuestra sociedad.

El escritor vive en una trampa. Uno no puede dejar de escribir. Pero ese acto, cuando ya se ha convertido en texto, parece no importar a nadie. Vale el producto, como un bien a ser vendido. Son apreciadas las ganancias producidas por el objeto que uno hace. Pero el escritor continúa siendo un marginal de la sociedad. Un siervo útil del destino.

A veces tiene grandes éxitos y se le protege como a la gallina de los huevos de oro. Mejor como a la gallina de la pluma de oro o el mono dentro del ordenador de oro con el que escribe y escribe y se imprime dinero. Pero, en cualquier momento, corre la suerte de la gallina o de cualquier otro animal en manos del ser humano. A alguien se le ocurre ver de donde salen las ideas. O cómo una computadora sola puede procesar tan buenos textos. Y la gloria pasa a ser la hija póstuma del escritor.

A quién le importa la suerte de un escritor mas que a sus allegados. Y por tiempo limitado. Como toda oferta mercantil.

Espero que a ti te importe, al menos durante los instantes en los cuales lees estas líneas.

Estos momentos excepcionales, estos instantes irrepetibles (bueno, no, si quieres regresar a las líneas anteriores) este preciso segundo en el que hago conexión contigo es el único con el que cuento para hacerte entender lo que pienso y siento. Es una conexión silenciosa, atemporal, sin espacio geográfico definido, es el lugar y el tiempo de la palabra.

Ello me demuestra que vale la pena continuar intentando ser escritor. Ahora lo sabes.

El resto del tiempo soy solo yo. Un hombre común que desaparece en la multitud de voces del universo. Que se disuelve en un instante del cosmos. Una luz que se apaga en la noche.

El resto del tiempo sigo siendo este ser que carga un pesado fardo de angustias que quiere obstinadamente compartir contigo y con cualquier desprevenido lector que se acerque a ver por qué prosigo en esta cuenta de días.

Será acaso porque hoy es el día 33, número de quien acaba un ciclo. Pero el peso de la inutilidad me hunde hasta una sima sumergida que ni siendo el mejor practicante de apnea puedo resistir sin ahogarme.

No obstante, como en las películas animadas, continúo hablando debajo del agua del mar emocional y salgo a flote después de ser casi destruido infinitas veces.

domingo, 26 de octubre de 2008

Día 34


De nuevo leo el blog Inteligencia y unas frases despiertan mi atención y la consecuente reflexión:

Lo que hoy es un obstáculo, mañana es una oportunidad. Tras la devastación viene la reparación. Tras el problema viene la solución. Tras la duda viene la certidumbre.

En los períodos de crisis es un buen momento para deshacerse de todo lo que ya no nos sirve: actitudes, conductas, creencias, procesos, relaciones… ¿Qué actitudes ya no te sirven? ¿Qué nuevas actitudes serían más provechosas en este momento de tu vida?

Atravieso un período de crisis en el que se hace necesario que cambie algunas de mis viejas actitudes.

Hasta ahora he esperado que las cosas pasen. Desde ahora me propongo a hacer que las cosas sucedan. Reconozco que he tenido experiencias exitosas en ese sentido, tan sólo que no las había aplicado al contexto donde se produce la crisis actual.

Me había acostumbrado a tener lo que tenía y a creer que el tiempo es eterno, como una excusa para no actuar en este momento. No supe cómo aprovechar la oportunidad de vivir por largo tiempo en un sitio.

Me pasó así en mi casa de la infancia. Veintiocho años en la eternidad. Sabía que algún día tendría que dejarla. Vi que el tiempo se venía encima como los viejos techos de esa casa y nada, dejé pasar las señales. Observé con antelación lo inevitable de mi salida. Mas no intenté nada constructivo. Únicamente me conformé con reaccionar ante los hechos.

Los plazos se vencen y advierten claramente que si uno no atiende a esas señales se le complicará la decisión final. Ésta la tomará otra persona.

Pasé algunos sofocones y obtuve una nueva ubicación en otra vivienda. Tampoco propia. No me propuse comprar algo en ese momento. Lo creí imposible y así fue sólo porque no lo hice. No porque no pudiera realmente. Iba a ser difícil pero posible.

Ahora he vuelto a dejar que pase el tiempo de las señales. Se me presentó un plazo que no puedo evadir. Y también comencé a pensar en lo difícil de adquirir una vivienda digna. Toda una repetición.

Debo cambiar mi actitud si quiero cambiar los resultados. De pronto, con mi actitud de siempre, puedo resolver lo inmediato. Pero no cambiar lo sustancial. Nuevamente la primera oportunidad es el cambiar la actitud.

Si dejo que los acontecimientos me vengan encima, lo mínimo que me va a pasar es salir atropellado por ellos. Sabiendo que se enciman me adelantaré a decidir por mi cuenta qué es lo que quiero realmente.

Pienso que esta es la oportunidad de adquirir una vivienda tal como la quiero. Las excusas las dejo para los excusados, para los que no intentarán nada en la vida. Sino sólo la disposición de los desechos.

Es el momento de mudarme, a pesar de la crisis. Más aún, la crisis es una oportunidad para ese cambio.

Puedo presentar miles de excusas para postergar mi decisión. Ninguna me servirá para crecer o para alcanzar mi objetivo.

Adquiriré la vivienda sólo si empiezo a observar las oportunidades que existen para ello. Concentrándome en las no-oportunidades obtendré sólo dilaciones. Moveré las oportunidades a mi favor. La primera será cambiar mi actitud, que no es poca cosa. De ello depende en gran medida lo de la vivienda. No sé si de inmediato, pero eso se resolverá.

Necesito algunos presupuestos para obtener esa vivienda que deseo. No me refiero a presupuestos numéricos sino a maneras de observar la realidad. Una de esos pre-supuestos es la determinación de obtener lo que resolverá el problema. Un cambio en mi actitud.

Voy a parecer optimista. Incluso, me siento un poco ridículo por ser tan abiertamente positivo y decirlo. Pero lo expresaré: Tengo la certeza de lo que quiero. Igualmente me siento emocionalmente preparado para afrontar el reto como una actividad constructiva.

El momento de empezar es ahora. Aunque sea domingo. Algo concreto para mi logro puedo hacer hoy. Y lo estoy haciendo.