martes, 1 de julio de 2008

MÁS SENTIDOS



A la media noche en punto comienzo a escribir este RealizArte en el que incluyo una reflexión animal sobre la comunicación, sin mayores pretensiones zoológicas que el hacerme pensar. Y tal vez que el lector haga lo mismo.

Continúo en la recopilación de fragmentos sobre los múltiples sentidos de la vida. Que yo reduje a cinco por pura limitación de espacio perceptivo. Prosigo con fragmentos del libro agotado Cinco Sentidos de la Vida.

El resto, después de media noche, en la soledad de su propia lectura, se lo dejo a quien mire estos escritos y quiera convertirlos en algo útil en su propia vida. Si es así, házmelo saber.

AGRADECIMIENTO


Las fotografías que ilustran este RealizArte son de diversos autores y autoras. Debo destacar especialmente a Kira kariakin, talentosa venezolana, quien nos presta imágenes de Sonargaon, Bagladesh, publicadas en su estupendo blog K-MINOS, cuya dirección es: http://www.k-minos.com

Asimismo presento algunas fotos de Eric Ryan Anderson, la que inicia este número del blog, de Gonzalo Azumendi, la de la playa portuguesa en un crepúsculo de aves y de algunos anónimos amigos de los animales.

COMUNICACIÓN DURA



José Gregorio Bello Porras

Eso de comunicarnos no es exclusividad del ser humano. En ocasiones nos ufanamos de creer que somos los únicos en la tierra que lo hacemos. Y por cierto bastante mal, según los resultados en muchos casos. Hablar, pues sí. Eso sí hacemos bastante y es casi exclusivo de nosotros los humanos. Sobre todo cuando hablamos mucho para no decir lo que tenemos que decir.

En la comunicación como modo práctico de referencia nos ganan hasta las hormigas. Van al grano. De azúcar, generalmente, sin perderse ni perder tiempo en criticar el modo de producción que les otorgó la naturaleza. Esto no quiere decir que no haya que criticar. Si no qué es esto que hago. Me refiero a la crítica de pozo sin fondo, la que consume tiempo en la caída y nunca se oye el golpe seco o el splash líquido con que debe culminar todo.


También las aves nos aventajan con suficiencia en la comunicación para cortejar a las hembras. Machista esa naturaleza. Quién baila, se pavonea o emite los sonidos de un ave cuando busca novia. El seco ruido de las teclas en un cortejo de internet o algunos susurros románticos al oído, que no superan la vistosidad del despliegue del pavo real o del colibrí.

Y hasta en la comunicación social. No la de los periodistas o, cinematógrafos, reporteros, escritores, publicistas y otras especies, me refiero. Sino a esa comunicación que nos acerca a un círculo de amistad y respeto, rencillas y humillaciones, crueles exclusiones o dominios absolutos. En esa también nos ganan, por ejemplo los primates. Se reúnen, hacen ruidos, se sacan las pulgas, en vez de los trapos al sol, discuten enseñándose los dientes, huyen o gritan. Y lo hacen con la precisión de un momento oportuno. Acabada la sesión, casi como psicoanalistas, se retiran a otros quehaceres.


Los seres humanos creemos que nuestra cháchara interminable es comunicación. Solamente a veces. La mayor parte sólo sirve a cada uno de los emisores, como drenaje por la boca de vapores contenidos en el corazón.

Son innumerables las veces que hablamos por el simple gusto de escucharnos emitiendo sonidos con significado. No importa cuál. Eso, creemos, nos hace superiores a otras especies. Pero a veces la efectividad de esa acción es casi nula.

Hoy escuchaba en silencio ese ejercicio de drenaje en la nada. Y no pude menos que pensar y reflexionar sobre el poderoso instrumento que tenemos, la palabra, que gastamos en mil fruslerías. Esa tal vez sea la naturaleza humana.

Pero esa misma palabra me sirve para comunicarte esto. O para comunicármelo a mí mismo como advertencia a mis propios excesos en el verbo.


No se trata de quedarme en un solo ejercicio reflexivo, en una sola conversación de tanta altura que le falte el oxígeno. No. Valen los desvaríos. Los errores. Las correcciones titubeantes.

No se nos exige sólo practicar el verbo de tal forma que lleguemos a un estreñimiento absoluto de la palabra. Sería también morboso. Pero, en todo caso deberíamos valorar, como en la música, los silencios oportunos.

No sé. Eso creo yo. Tal vez opines diferente. Si es así, dilo. No cayes para siempre.

SIGUEN LOS CINCO SENTIDOS DE LA VIDA

José Gregorio Bello Porras

Dos personas pueden participar de la verdad.
Y, sin embargo, estar enfrentados por ella.
Cuando se cree poseer la verdad, es inevitable que suceda esa reacción de defensa o de ataque. No se ve al otro sino como una amenaza de lo que se posee.
La verdad no es algo que se posea, como se tiene un objeto. La verdad tan solo se produce en un momento dado en nosotros, en cada uno de nosotros. Y se produce casi como una gracia que alcanzamos y no como una meta que logramos al fin.
Si pretendemos sostenerla, someterla, sojuzgarla, ella deja de ser. A menudo cambia, y lo que mostramos como verdad, es apenas un cadáver de lo que fue.
Si dejamos que sea como es, cuando está en nosotros y con nosotros, es posible disfrutar de su plenitud.
Y tal vez comprendamos un poco más su naturaleza.


Algunas personas creen que nada es verdad.
Pero se niegan hasta su propio pensamiento. Si nada es verdad, su afirmación tampoco lo es.
Esta contradicción en el plano de las palabras e ideas manifiesta en cierta forma la naturaleza de las verdades en nuestro mundo de ideas.
La negación o la afirmación absoluta parecen no ser valederas para lo que expresamos en palabras.
La verdad absoluta puede existir sólo más allá de las palabras. Y probablemente sería una convicción inexpresable.
Afirmar la inexistencia absoluta de la verdad es también completamente inútil y absurdo.
Sucede a menudo que esta negación se basa en el hecho de un enfrentarse con la apariencia de las cosas.
Mucho de lo aparente es incierto, es tan sólo una simulación. Pero ello no basta para desestimar la verdad como algo posible.
Quien niega la verdad es porque en algún momento ha creído en ella y se ha desilusionado. Entonces la descalifica.
En el punto de desilusión es mejor aceptar la posibilidad de la equivocación. Y esperar que la verdad funcione en nuestras vidas también como una posibilidad.


El mundo de los sentidos es un mundo de ilusión.
Todo parece ser. Lo que hace ser lo que es, a cada cosa, a cada persona, permanece oculto.
Tenemos acceso directo a la apariencia. Podemos conformarnos con estructurar mentalmente esas relaciones de apariencia y obtener una explicación evidente del mundo.
Pero, puesta a prueba, esa organización de la realidad se tambalea. No responde a la pregunta de por qué.
Muchas veces debemos conformarnos con la respuesta inmediata: Eso es así porque es así.
Pero intuimos que debe haber una respuesta más allá de lo evidente.
La ciencia ha explorado los porqués, llegando a adentrarse en explicaciones más complejas sobre lo que ya no es tan evidente.
Pero a menudo la ciencia está determinada por la premisa de que la explicación se oculta en el mismo plano de lo sensible. Sólo que debemos perfeccionar los medios para acceder a las explicaciones.
Es posible que la verdadera explicación pueda provenir de otro punto. El que se oculta tras las apariencias. El que anima a toda explicación a llegar a una conclusión valedera.


La simulación es con frecuencia artífice de las explicaciones en el mundo que nos rodea.
Lo que es, se oculta. Lo que parece, se presenta como verdad.
Ante esta presencia de una falsa verdad, nos preguntamos sobre la real existencia de la verdad misma.
La verdad se oculta para aparecer sólo a los ojos de aquel que está dispuesto a aceptarla como una guía en el camino que transita.
La verdad parece ocultarse cuando nos sumergimos en múltiples razonamientos, en cantidad de información que no aclara los problemas que planteamos.
La verdad aparece clara para el que está dispuesto a aceptarla como una posibilidad. Para aquel que no se cierra ni abriga el deseo de querer establecerla rígidamente y hacer de ella un objeto extraño de culto.
La simulación que oculta verdades y disfraza falacias como certezas supremas, no puede engañar a quien está dispuesto a ver las cosas con claridad y sencillez.


La verdad como experiencia admite sólo la contemplación.
La discusión o el raciocinio son parte de otro proceso. La verdad que vivenciamos no es discutible.
Podemos poner en duda aspectos relacionados con las conclusiones de nuestro razonamiento. Podemos poner a prueba incluso esto que afirmamos ahora, como medio para obtener seguridad en nuestro mundo mental.
Pero de la verdad como experiencia no podemos decir nada. Tan solo podemos observarla como una realidad indiscutible.
Existen entonces diversos niveles para evaluar lo que creemos verdad. Uno que se produce mediante el proceso mental o mediante la inferencia intelectual.
O verdades surgidas por el acopio de datos sometidos a prueba, como las verdades científicas.
Pero la verdad experimentada como tal, conserva la primacía en su elemental señalamiento, en su incontestable serenidad contemplativa.


Más que una palabra bien dicha, la verdad se encuentra en la relación entre esa palabra y la realidad que describe.
Una palabra adecuada puede ocultar la verdad. Puede ofrecer tan sólo una interpretación de la realidad, que vela u oscurece el panorama, que impide ver las relaciones que tiene esa realidad.
Por eso una mentira es siempre una verdad aparente. Una palabra dicha para ocultar, antes que esclarecer, para desviar antes que guiar hacia un resultado.
La verdad no se basa sólo en palabras adecuadas, sino en oportunas relaciones de las cosas que se quieren ver, reveladas por la palabra.
La palabra por sí sola no expresa la verdad. Debe existir la intención y el proceso de esclarecimiento que permita presentar un conocimiento adecuado al que busca la verdad.
La intención no basta para establecer algo como verdad. Pero es necesaria para que ésta pueda aparecer. Al igual que la palabra adecuada, la intención de encontrar la verdad debe estar presente, en cualquier aseveración que pretende reflejar la verdad.
Porque sin palabras es difícil expresar ante los demás lo que se cree la verdad. Por ello es necesario encontrar un equilibrio entre las palabras y su significado, mediante el ejercicio de la intención adecuada.
La verdad que no es sólo la palabra, puede vestirse de palabra para aparecer como una posibilidad ante todo aquel que está dispuesto a sondear en su interior por significados propios.