lunes, 28 de abril de 2008

Soledades y separaciones, cómo afrontarlas

El camino de la realización personal pasa por diversos sitios. Cada quien sigue su camino pero los accidentes geográficos a veces nos unen en la experiencia. La sensación de soledad es uno de esos sentimientos que acompaña al ser humano ante diferentes sucesos de su vida. Es el desierto que nos toca atravesar en ocasiones, creyéndonos totalmente aislados en una vivencia prácticamente universal. En esta entrega de RealizArte, recorremos juntos ese erial desolado descubriendo que tal vez en él haya algún oasis.

La soledad se manifiesta a menudo ante el desencuentro de los individuos. Estos aislamientos son muy frecuentes en las parejas. Y a veces terminan en separaciones. En esta oportunidad nos metemos en medio de un problema de dos personas, tan sólo para sacar cuentas y promediar lo más conveniente, reproduciendo un capítulo titulado Matemática de parejas, del libro, ya agotado, Rupturas Felices.

Y como siempre, esperamos tus valiosos aportes y comentarios. Tus preguntas, acuerdos o desacuerdos. O, al menos, que aproveches la lectura. Y si te gusta la recomiendes a tus amistades.

COMPAÑÍA EN LA SOLEDAD


José Gregorio Bello Porras

Dicen que la soledad no es buena consejera. De lo que se deduce que tampoco es buena compañía. Diríamos más, que es una mala junta. Sin embargo, permíteme discrepar de este pensamiento.

La soledad parece un desierto estéril. Una vasta superficie calentada por el sol, inhóspito para la vida. Sin embargo, raras veces, un desierto no alberga formas de vida adaptadas a esas circunstancias extremas.

En el desierto se agudizan los sentidos de sus habitantes, invisibles a las miradas de los extraños. Y esa forma de ser y de actuar les esconde de cualquier acecho depredador.

En el desierto pulula la vida. Casi heroica, diría uno que no se acostumbra a esas temperaturas y condiciones, pero simple y confortable para quienes hacen de ese espacio su hogar, su reino.

La soledad es así. Un espacio para la supervivencia. Para el desarrollo de los sentidos, para el aparente silencio, para el vacío constructor.

Pueden ser abundantes las causas de ese sentimiento de soledad en un mundo impregnado por las comunicaciones, por la proximidad, por la simultaneidad y la aparente sintonía casi constante de unos con los otros.

Pero vivimos solos en ese desierto de gente de arena. Por muchas razones, causas o motivos.

Existe la soledad en la comunicación imposible. En esos espacios humanos donde no es viable tocar el corazón de la otra persona. Existe la soledad en la separación forzosa o voluntaria entre los seres. Existe la soledad dentro de la muchedumbre, por un tormento no compartido. Existe la soledad en la palabra lanzada al aire sin respuesta, sin retorno aparente.

Pero la soledad no es un impedimento a la vida. Es una oportunidad de vida. Y de comunicación. Con ella nos cambia el interlocutor. Y cobramos conciencia que el primer escucha participante de mis palabras, de mis ideas y sentimientos soy yo mismo.

En la soledad podemos tomar diversas opciones. De destrucción o de construcción. Yo, por lo menos, quiero optar por esta última. Porque en la soledad se crea un vacío. Un vacío necesario para la creación.

La soledad es una matriz que debe ser preñada por la reflexión, por el pensamiento creativo, para producir un verdadero avance en nuestro ser interior.

Sólo la soledad nos acerca a la contemplación de nuestra capacidad de ser personas. Sólo la soledad nos posibilita pasar de individuos inmersos en una masa interconectada, saturada de información, abrumada por el ruido uniforme, a ser personas conscientes de nosotros mismos, de nuestras posibilidades y limitaciones, aceptadas todas por igual, como partes de uno mismo.

En la soledad –parece paradójico– nos acercamos más a nuestros semejantes. Nos damos cuenta que tenemos sus mismas potencialidades y defectos en matices distintos y desarrollados en historias diferentes, por caminos varios, a veces divergentes, pero vías de la misma tierra.

Esta tierra puede ser un desierto. Un yermo vivo y exigente. La soledad nos da la capacidad de ver, de escuchar, de sentir las pequeñas señales en ese espacio; mínimos indicios que marcan la diferencia entre estar vivos y dormir en la masa amorfa cableada, interconectada, bombardeada de información y desalojada de ideas propias.

Tal vez nuestras íngrimas concepciones sean imperfectas pero son la creación de nuestra propia experiencia, de nuestras vivencias recogidas a lo largo de esas arenas movidas por el viento. Expresadas con polvo en los ojos, pero con la mirada firme en el horizonte. Un horizonte que de antemano sabemos inalcanzable pero que por esa condición nos estimula a continuar inevitablemente el recorrido, por el resto del tiempo en esta vida.

Matemática de pareja


José Gregorio Bello Porras

La unión de una pareja resulta algo más que una simple suma. Uno más uno son dos, pero en la pareja es más que dos individuos solos. Hasta llegan a ser uno. En algunos casos.

En las parejas se dan diversos tipos de relación, pues cada una surge de circunstancias específicas. Las necesidades afectivas de los individuos, se pueden canalizar o buscan su satisfacción a través de la conformación de esa unidad característica que es la pareja. Una pareja puede ser un equipo bien integrado o un simple grupo en permanente pelea de dos individuos que intenten imponer sus puntos de vista dentro de un consorcio.

Cuando dos personas deciden vivir juntos no piensan, a menudo, en formar un equipo. Simplemente deciden acompañarse. Pero en este caminar pueden llegar a la conformación afectiva y efectiva de un equipo. En los equipos la norma es la cooperación para el logro de objetivos. Y la libre elección de la permanencia en ese pequeño grupo.

En la pareja, la formación de esa unidad da más fuerza que la simple unión de dos socios. Pero a pesar de esa fuerza que da el acompañarse hacia un mismo objetivo, los integrantes siguen siendo unidades independientes. Cuando surge la dependencia, reina el desequilibrio. Una de las partes debe asumir responsabilidades de la otra parte.

La dependencia se convierte en causa de múltiples malestares. Aunque pueda aparentemente funcionar durante un tiempo. La dependencia va a exigir sumisión. De ese tipo de relación se derivan ganancias secundarias no sanas. Se accede a la sumisión a cambio de afecto o seguridad. Se acepta la dependencia pues ella suple ciertas necesidades materiales o afectivas. Tal vez se pueda vivir en este estado toda la vida. ¡¿Pero qué vida es ésta?!

Cuando buscas compañía en el camino de la vida, manifiestas la necesidad de compartir, afecto, experiencias, trabajos, responsabilidades, alegrías y todo tipo de eventos. Sin embargo, una parte de ti mismo permanece sólo para ti. Y ello es necesario para que conserves tu individualidad. Pues sigues siendo uno o una, a pesar de unirte a otra persona.

Cuando la pareja se disgrega en los objetivos que persigue, empieza a restar fuerzas a la unión. El resultado de esta operación de resta es la eliminación de las unidades. Uno menos uno cero. Por eso cuando una pareja entra en conflicto, se afecta la vida de cada individuo y no sólo la de los momentos en los que comparten el mismo espacio.

Tal vez el más traumático de los procesos de separación o de ruptura sea el de las parejas. Y son dolorosos porque más que la elaboración del duelo por alejarse, lo que sobreviene es un torneo de adjudicación de culpas, cual si fueran bienes habidos en la relación.

Puesto que la unión se baso en un acto de libre elección, en la mayoría de los casos, cada individuo busca colocar las razones del aparente fracaso en uno de los integrantes. A veces el otro, a veces él mismo.

Falla entonces la perspectiva de la responsabilidad. Si existía mutua responsabilidad en la pareja, debe existir mutuo acuerdo en el reparto de esa responsabilidad a la hora de romper.

En ocasiones la ruptura se pospone indefinidamente buscando que se den las circunstancias óptimas para ese momento. Hasta que los miembros de ese pequeño grupo se encuentren preparados para vivir solos. Esta preparación y aquellas circunstancias son a menudo un engaño que se hacen los individuos para no enfrentar lo que creen es duro y doloroso.

Nunca las circunstancias van a ser las óptimas, siempre habrá una mejor posibilidad. Nunca se estará absolutamente preparado para una decisión. Definitivamente, cuando se quiere marchar por un camino que no coincide con el de la pareja, el momento para manifestar ese sentir es ahora. Y la preparación que se ésta que ahora tienes.

Capítulo del libro Rupturas Felices, Panapo, Caracas, 1997.