martes, 24 de junio de 2008

¿La verdad acaso es tan terrible?

José Gregorio Bello Porras


En su nombre se atropella y se reduce a cenizas todo lo que parezca oponérsele.

Al cabo de un tiempo descubrimos que esa verdad que se nos predico con sangre y fuego no era tan real como decía ser y que la fuerza con que se impuso ocultaba su tremenda debilidad interior.

Entonces, nos invade la sensación de que la verdad está condicionada por las circunstancias y la época y que es sólo una convención de las personas.

Crece en nosotros la duda, en ese momento. Y la expresión verdad absoluta, se torna ante nuestros sentidos como una señal de falacia.

Quien dice tener la verdad absoluta, generalmente expresa esta afirmación como una fórmula para diferenciarse de los otros y descalificarlos.

El presunto poseedor de la verdad absoluta se contradice de principio. Se cree exento de error y tira la primera piedra.

Pero la verdad absoluta debería estar libre de errores. Y el atropellante declamador ensalza sus errores como si fueran virtudes. El presunto manifestador de la verdad absoluta, está ciego ante sí mismo. No se reconoce ni reconoce a los demás humanos.

La verdad absoluta, de existir en nuestro plano humano, debe poseer la virtud de comprender todo.

La verdad es comprensiva. Tiene en sí todo el conocimiento y el afecto como para tolerar y aceptar a esos seres que el presunto poseedor de la verdad absoluta pretende descalificar.

La verdad tiene sentido en cuanto accedemos a ella sin violencia y no pretendemos imponerla con violencia.

La verdad absoluta escapa de nosotros cuando intentamos predicarla.

La verdad nace y permanece en nosotros.

lunes, 16 de junio de 2008

JUICIOS, PREJUICIOS, SUPOSICIONES Y PRESUPOSICIONES

José Gregorio Bello Porras

En días pasados recordaba a un viejo colega que hablaba de la existencia de prejuicios positivos. Razonaba él, en su momento, que si existían prejuicios que nos llevaban a pensar y a actuar de determinada manera inadecuada hacia otras personas, basándonos en simples apariencias, condiciones sociales, culturales, raciales, religiosas o de cualquier índole, igualmente existirían unos prejuicios positivos acerca de las personas.

Resumía estos prejuicios positivos en pensar que las personas eran capaces, justas, apropiadas y se comportarían adecuadamente en las condiciones propicias y ante una conducta similar de nuestra parte.

Durante mucho tiempo pensé en la posibilidad de la existencia de ese constructo, de esa hipótesis de comportamiento. Y constituía para mí un ruido aparatoso el llamarla prejuicio.

El tiempo hizo que dejara de preocuparme el concepto en sí mismo y me ocupara más de la conducta que entrañaba el mismo. No porque hubiese adoptado una filosofía pragmática, sino simplemente por no guiarme por una estructura de pensamiento rígido para poder comprender las realidades diarias. Es decir, por haber abandonado el prejuicio de tener prejuicios si estos eran parte de mi comportamiento.

Por más que uno desee ser objetivo, imparcial, justo en sus juicios y sus acciones, uno no parte de la nada. Uno no es una Tabula Rasa, una mesa vacía, una lápida en blanco, sin escritura, durante toda su vida. Ni en ningún momento. Venimos incluso a la vida con nuestras programaciones esenciales.

El no tener prejuicios que lo aten a uno en sus acciones no constituye el ideal de una conducta pura. Sin antecedentes de ningún tipo. Porque uno siempre tiene ciertos principios de acción. Sólo que lee esas inscripciones como guías para esa construcción pero no como planos invariables de lo que uno debe hacer. Son indicaciones, no órdenes inflexibles.

Si hablamos de planos, el plano es uno mismo y es bastante difícil verse tal como uno es. Si lo hace en un espejo, por ejemplo, verá tan sólo el reflejo inverso. Y ello entraña el peligro de construir todo al revés. Pero regresemos al tema.

La experiencia va escribiendo en nosotros. Nos va dictando posibilidades de acción. En ocasiones llegamos a conclusiones, a juicios que nos servirán de principios para conducirnos en la vida. La aplicación de esos principios puede tener diversas consecuencias. Nos ayuda en nuestro quehacer diario o dificulta, en diverso grado, nuestro crecimiento, nuestra comunicación, nuestro intercambio con otros seres.

Los juicios endurecidos, aquellos que no toman de nuevo la experiencia como base de su construcción, los que no se miran a sí mismos, los que no se someten a reflexión, los que no se prestan a la retroalimentación, pronto tienden a convertirse en lo que llamamos prejuicios. Son juicios preconstruidos, aplicables a todo evento siempre que en este se dé alguna de las condiciones del suceso original o que se parezca a aquel en alguna de sus características. El prejuicio nos facilita, pues, la acción, pero evita el razonamiento sobre los hechos o la aplicación de la intuición. El prejuicio es un juego nefasto: tú dices o haces o pareces y no importa, simplemente eres lo que yo supongo.

Claro que en la suposición el problema es de comunicación. Supongo porque no te pregunto lo que piensas. En el prejuicio simplemente supongo sin tener que preguntarte. Seguramente está de por medio el miedo. Me da miedo que puedas pensar distinto… y tener razón.

No obstante hay pensamientos que nos sirven para convivir con los demás. Suposiciones positivas que creemos posibles. Presuposiciones que nos dan un marco para la acción constructiva.

Como no sabemos todo –no podemos saberlo todo– al menos pensamos algunas cosas que pudieran sernos útiles en el momento de actuar, de comunicarnos, de relacionarnos con otras personas. Estas presuposiciones son simplemente eso. Una posibilidad. Una creencia de signo positivo.

Por ejemplo, yo presupongo que estás leyendo esto, que estás participando de mi pensamiento e incluso que te puede ser útil.

Pero no voy más allá. Esa utilidad puede darse por muchas razones. Pero distingamos una esencial: porque tú quieres aceptarlo de esa manera y deseas poner a prueba un pensamiento que ya no me pertenece sino que es tuyo, desde el mismo momento en que lo tomaste para convertirlo en acción. Incluso, puede serte útil porque te ayude a pensar de manera muy diferente a la que te propuse.

En las posibilidades que te presenté al principio me gusta, pues, hablar de prejuicios y presuposiciones. Los primeros en el caso de juicios cuya sentencia está ya escrita antes de que se abra la sala de audiencias. Y los segundos como principios que debo constatar en la realidad. Pero que me ayudan a visualizarla como una posibilidad donde haya cambios que contribuyan a realizar al individuo como persona.

Aunque los nombres importen para organizar nuestro pensamiento, más importante es organizar lo que hacemos para pensar con mayor eficacia.

Te sugiero, entonces, que revises tus prejuicios y veas si algunos de ellos puedes convertirlos en presuposiciones útiles. No es fácil pero es una posibilidad sana de crecer como persona.

lunes, 9 de junio de 2008

BREVIARIO PARA LA CONSTRUCCIÓN DE UNO MISMO (II)

José Gregorio Bello Porras

  • La construcción de uno mismo no es un hobby de fin de semana. Es un compromiso de vida.
  • Cada uno de nosotros somos un proyecto por realizar, un desafío por aceptar, un ser por construir.
  • Vamos y venimos retomando esa acción constructiva. A veces buscamos las herramientas. En ocasiones planificamos los cambios, en otras descansamos antes de comenzar. Y vemos que aún no hemos partido, aunque lo hayamos deseado.
  • Como un viaje a un lugar desconocido, sabemos cuándo salimos. Pero no cuándo llegaremos.
  • El deseo de emprender la reconstrucción es importante. Pero no basta. Muchos letreros se oxidan delante de terrenos ociosos, cubiertos de arbustos, exponiendo sonrientes rostros del pasado que quisieron levantar allí lo que nunca hicieron. Prevengamos en construir estos monumentos al fracaso, a la intención sin impulso.
  • El impulso inicial comienza cada segundo, cada hálito de vida. Si no se sostiene ese envión, pronto la fuerza de la resistencia al cambio transformará en buena intención nuestro deseo.
  • La buena intención se mantiene como una posibilidad de la que uno a veces se acuerda. Pero que no deviene en acción.
  • De buenas intenciones está plagado el camino al fracaso. A su vera se levantan puras ruinas de buenos deseos. Proyectos carcomidos de inexistentes obras.
  • Mas no sólo se debe contar con el impulso. Los diques rotos tienen un enorme impulso que deshace toda obra.
  • El impulso debe estar guiado por una visión. Saber hacia dónde nos dirigimos es esencial para enfilarnos hacia una meta. Aunque tengamos que rectificar mil veces, debemos fijarnos metas en nuestra construcción.
  • El temor y el paso del tiempo son fantasmas que retrasan la obra. Nada hay que temer si la construcción está hecha de eternidad.
  • El trabajo de construcción es sobre uno mismo. Si pretendemos cambiar el mundo nos distraeremos en la trampa de la ilusión. Y el mundo terminará por cambiarnos.
  • Cuando trabajamos en corregir nuestros errores, nuestros defectos, sean del tamaño que sean, estaremos en el camino correcto. Aunque nos equivoquemos.
  • Empezar por uno es el inicio de todas las posibilidades. Empezar por uno es acercarse , como si contáramos, hasta el infinito.

martes, 3 de junio de 2008

EL CAMBIO COMIENZA POR CASA

Cualquier cambio de actitud, cualquier construcción útil de nosotros como personas comenzará por una decisión al respecto. A veces no somos nosotros quienes toma esa decisión. Parece que, en ocasiones, la vida nos empujara a ello. En otros momentos es fruto de una reflexión, después de una serie de hechos, algunos tormentosos, otros inadecuados simplemente, otros con verdadero propósito. Sin embargo, en cualquier caso, asumimos la conducción de ese proceso conscientemente. Y en ese momento, hacemos voluntarios nuestros cambios. Y comenzamos lo que parece una reconstrucción personal.


En este a ocasión, RealizArte revisa con brevedad ese proceso. A través de fragmentos para la reflexión. Creemos que te darán para pensar. Y tal vez para comentar. Tu voz es importante. Tus reflexiones en alta voz, la de la palabra escrita, serán bienvenidas en este espacio. Pero lo más importante es que todo lo dicho te sirva para algo.

BREVIARIO PARA LA CONSTRUCCIÓN DE UNO MISMO (I)

José Gregorio Bello Porras


  • ¿Es posible la construcción de uno mismo? A lo largo de nuestras vidas nos preguntamos en momentos de crisis o de reflexión si somos lo que hemos querido ser. La opción opuesta a una afirmación es la de que somos producto de las circunstancias, del destino o incluso del caos.
  • El significado de construirse uno mismo es el de ejercer influencia sobre nuestra forma de actuar. Ello parece oponerse, en muchos aspectos a lo que simplemente serían respuestas a estímulos determinados.
  • Somos seres complejos. No existe una respuesta, por más simple, que no se encuentre concatenada con otras muchas. Esa diversidad nos da lo que podríamos llamar, figuradamente, el estilo de conducta que adoptamos.
  • La tipología quiso determinar algunos pocos estilos de conducta. La realidad demuestra que existen tantos como individuos existen. Pero muchos de ellos están emparentados, como si fueran familias de estilos.
  • Sabernos parte de un tipo determinado de seres no nos hace avanzar demasiado en el conocimiento de nuestra individualidad. No obstante, perfila lo que sería un tipo de personalidad.
  • Entre la individualidad y la personalidad que deseamos definir existe una serie de pasos que nos conducen hacer cambios en nuestra conducta.
  • Podemos hacer cambios en nosotros mismos, en nuestras conductas. Podemos mantener esos cambios y hacer que se parezcan a lo que queremos ser.
  • Es posible la construcción de uno mismo. Pero no es un proceso fácil.
  • Repetimos lo que hemos aprendido. Aunque ello no nos satisfaga y nos lleve a repetir errores una y otra vez.
  • Podríamos aprovechar la repetición para cambiar algunas conductas hacia el modelo que queremos. La repetición hace el trabajo de construcción que deseamos.
  • No basta desear. Es necesario hacer para que los cambios operen. Y para hacer debemos impulsarnos, tener motivos para emprender los cambios.
  • La rectificación hace posible que en cualquier momento podamos darle mayor eficacia y precisión a los cambios de nuestra propia individualidad.
  • Cualquier cambio que emprendamos puede quedarse en una simple instrumentalización de deseos que provienen de necesidades que no nos correspondan.
  • A veces cambiamos el modelo de conducta. Pero según un catálogo previsto por la más pura superficialidad.
  • Todo cambio real busca despertar la persona que somos.
  • Todo cambio efectivo se da al encontrar un reflejo de la esencia espiritual que nos hace ser.

lunes, 26 de mayo de 2008

Rupturas y crecimiento

El tema de la ruptura no parece un tópico de crecimiento personal. Por supuesto, no es un tema usual. Pero sí necesario en nuestro acercamiento a lo que queremos ser como personas.

La ruptura es un proceso natural. El cascarón se rompe y deja de ser una unidad con el ave que nace. El huevo era una posibilidad de ave o simplemente un huevo frito o revuelto en uno de los estómagos de los depredadores más comunes de los pájaros.

Para pasar a una nueva etapa hay una ruptura. Si queremos cambiar, rompemos con nuestros viejos hábitos. Rompemos con nuestras costumbres infantiles cuando nos hacemos jóvenes. Rompemos con las bromas adolescentes cuando queremos parecer adultos. Y allí nos mantenemos hasta que volvemos a la feliz infancia de quienes maduran lo suficiente.

Ese es el tema del RealizArte de hoy. Y de siempre. Las rupturas y los reencuentros. El dejar ir y el encontrar. El desatar y liberarse. Lo hacemos con varios textos y algunos ejercicios, intercalados de algunas frases de un libro titulado Minutos de Optimismo.

Las rupturas no son tan frías y distantes como la separación automática de una línea que nos conduce de un período a otro. Por eso, en ocasiones, según nuestra cultura, realizamos ritos de pasaje para entrar en una nueva etapa de la vida. Y atravesamos puertas para avanzar en el camino de encontrar nuestra personalidad.

En ocasiones las rupturas son dolorosas. Casi siempre. Se trata de dejar atrás algunas costumbres, algunos usos, algunos objetos queridos pero también algunas personas que nos mantenían en un sitio fijo. Que nos ataban a una roca inamovible.

Las rupturas son momentos de desatar nudos, de encuentros nuevos y de alejamientos. Su intensidad no significa empantanarnos en la tristeza sino avanzar hacia la felicidad de encontrar una nueva pieza del rompecabezas de nuestra vida y engarzarlo en el sitio correcto, en el momento oportuno.


Por eso las rupturas pueden ser felices. Feliz la ruptura que nos hace avanzar en nuestro camino a ser personas.


Unión y separación un principio de vida


José Gregorio Bello Porras

Todo parece igual, todo es diferente

La evolución del ser humano es un camino con abundantes curvas. A veces creemos estar en el mismo sitio. Nos sentimos como si hubiéramos dado una vuelta para volver al punto donde iniciamos la marcha. Si nos fijamos bien, no estamos en el mismo punto. Tal vez lo vemos cerca pero hemos avanzado algo.


Evolucionar es ir un poco más allá.
Con frecuencia esta acción no es fácil. Nos vemos tentados, más de una vez, a retroceder. Nos recriminamos el haber abandonado un punto estable, el haber sacrificado la comodidad.


Esto nos sucede desde pequeños. Es más cómodo el vientre materno, donde un cordón nos alimentaba, sin esforzarnos por succionar la leche que nos haría crecer. Nos luce placentero, dormir muchas horas al día, después que tenemos edad suficiente para ir a la escuela. Y nos quejamos de haber perdido unas horas de sueño por ir a aprender algunas cosas en el salón de clases.


Avanzamos y la vida, si no la tomamos entre nuestras manos, nos irá llevando a quejarnos de los pasos que damos. Afortunadamente nuestra supervivencia ha dependido siempre de nuestra enorme capacidad de adaptación como seres humanos.


Por ello también sucede
que nos empeñamos en forzar todas las barreras y emprender la labor de vivir por cuenta propia. A veces nos equivocamos. De seguro nos equivocaremos muchas veces. Pero, poco a poco, la experiencia nos irá mostrando el camino de una sabia cadena de rupturas y encuentros.


El camino de la vida en ascenso es de curvas, muy a menudo. Por eso, vemos el sitio que abandonamos, desde otra posición. Estamos más arriba. Pero casi tocamos nuestro origen.

El tiempo fluye, el mundo gira

Ningún instante en la vida es repetible. Cada uno de ellos tiene su valor propio. Un valor que sólo cada quien puede darle. Si el valor es ínfimo, la suma de nuestras vidas nos parecerá menguada. Si el aprecio de cada instante es grande, sumaremos una gran riqueza. De ello nos damos cuenta en cada momento de reflexión.


Siempre cambiamos de sitio. A cada momento vamos formándonos y constatando que, aún conservando nuestra identidad, somos otras personas. Mejores, si así lo planificamos y queremos. O tal vez, depreciados, si nos empeñamos en carecer de valor.


Cuando nos encontramos con alguien que no veíamos desde hacía tiempo, seguramente, exclamamos algo sobre ese transcurso de tiempo y cómo ese tiempo ha afectado a la persona que vemos. Si somos jóvenes exclamamos: ¡te estás haciendo viejo! Si hemos pasado la barrera en la que la edad aconseja la prudencia, decimos convencionalmente: ¡te ves igual!


Queremos que el tiempo no pase para no llegar a viejos. Queremos que el tiempo pase para obtener las ventajas de cierta edad. Siempre nos debatimos entre los extremos. La vida es ese fluir. Vamos de un lado a otro.


Permanecer en el mismo sitio es casi imposible. Al menos que nos creamos árboles. pero aún estos crecen y mudan sus hojas, expandiéndose en el espacio donde están plantados.


El tiempo simplemente pasa. Y cabalgando sobre él, nosotros. Cada uno a su manera. Si nos quedamos fuera es porque una lápida o el olvido nos cubre.


La vida está hecha de cambios. De decisiones propias o ajenas, afortunadas o desafortunadas. Pero está constituida por movimientos que nos han conducido a ser lo que somos.


Tal vez no seamos del todo responsables de lo que nos ha conducido hasta este ahora. Pero sí podemos optar a quedarnos aquí o a avanzar. Y para ello debemos cambiar. Debemos dejar cosas y personas. Corregir errores y saldar cuentas. Debemos elaborar nuestras rupturas de una manera feliz.

El equilibrio dinámico

Tal vez, la búsqueda del equilibrio define este camino lleno de enmiendas. Cambiamos o rompemos porque queremos llegar a una ansiada estabilidad. A esa estabilidad envidiable de los grandes árboles. Los mismos que no piensan en el hacha o la termita. O el de las montañas que parecen no sufrir el incendio forestal o la mella de la dinamita.


Pero todo equilibrio exige mucha fuerza. Si no, preguntémoslo al artista que recorre la cuerda floja con toda naturalidad, o a la gimnasta que practica en la barra sus impresionantes y gráciles ejercicios.


El equilibrio es fruto de los vaivenes controlados. De la tensión controlada. De una energía gastada y recuperada. Y no de mantener la inamovilidad.


Una piedra asentada en el suelo no necesita equilibrio. Está inmóvil hasta que un accidente natural la mueva. Nuestro equilibrio no es el de la piedra.


Un cadáver que reposa tampoco es la imagen del equilibrio que buscamos. Pero, fíjate, hasta allí, en esa materia aparentemente inerte, hay movimiento. Aunque, nuestro equilibrio no es el del cadáver.

Rupturas equilibradas

Gastamos grandes esfuerzos en mantener un ideal de equilibrio que nos haría estar felices y satisfechos con la vida. Mas el equilibrio es un balancearse continuo, buscando el centro de reposo y nunca un detenerse.


Para ello probamos una y otra vez las mejores opciones. Cuando algo falla, cuando algo no nos sirve, lo abandonamos y continuamos buscando algo mejor.

Esto, sin embargo, que parece tan fácil, con ciertos objetos o en determinadas decisiones, no es siempre así. Sobre todo si hay personas de por medio. Y sobre todo si la persona afectada es uno mismo.


Abandonar algo, romper con algo o con alguien no parece un acto sencillo, por lo general. Y será más difícil aún, mientras más afecto hayamos puesto en el objeto, la persona, la actividad o la idea que debemos abandonar.


Allí nos volvemos piedras que no quieren moverse. O plantas que se conforman con ese espacio, sin reflexionar que alguna vez fueron semillas. O niños que desean permanecer en el útero materno para no arriesgarse a respirar en el mundo y a crecer.


Para crecer hay que emprender rupturas. La del cordón umbilical. La de los hábitos que nos encadenan. Las de las relaciones que dañan. La de las etapas superadas en cuanto a actividades e ideas. Si queremos, estas rupturas pueden ser muy dolorosas. Pero si nos esforzamos en lo mejor, haremos de ellas rupturas felices.

DelLibro: Rupturas Felices, Editorial Panapo, 1997



Aforismos para reflexionar

José Gregorio Bello Porras


* Estar en soledad es sentirse acompañado de vacíos. Ellos también pueden decirte algo.

* No abandones nunca tus sueños, aunque, a veces, te ataque el insomnio del desaliento.


* Los hijos siempre darán alegría a tu vida, tanto cuando estén en casa como cuando la abandonan.


* Cada vez que cometas un error no te estaciones en el arrepentimiento, repara el error, transformándolo en un acierto repetido.


* Si no das oportunidad a los extraños de ser tus amigos, siempre tendrás extraños a tu lado.


* No te detengas avanza siempre con rectitud, incluso en las curvas del camino.


* Para percibir ampliamente la realidad basta con un solo sentido, el de la vida.



Del libro: Minutos de Optimismo, Editorial Panapo, Caracas, 1996




Ciclos de relaciones interpersonales

José Gregorio Bello Porras

Tal vez los ciclos más sensibles en nuestras vidas son los que cumplen el establecimiento de ciertas relaciones interpersonales. Fundamos relaciones a lo largo de toda nuestra existencia, como ciudades o campamentos. Algunas de ellas duran apenas escasos momentos, otras pueden permanecer sin agotamiento toda la vida.


En nuestras actividades diarias, establecemos relación con diversas personas. Solo algunas de esas relaciones resultan siendo amistades que perduran. O relaciones útiles por largos períodos de tiempo.


Las relaciones tienen una finalidad. El trabajo, el ideal, la asociación, la circunstancia del encuentro en un lugar, el propósito del estudio y otros tantos motivos. Una vez cumplida la finalidad del encuentro, de la relación misma, el tiempo establecido de vida útil del encuentro, el interés suele extinguirse y el curso de las vías que se tocaron en un momento dado, continúan su camino. Cada integrante por el suyo. Cada ser en búsqueda de su propio destino.


En la amistad el ciclo se vuelve un tanto más complejo. Porque la amistad no tiene una finalidad determinada en el tiempo. Cuando se es amigo por un interés determinado, una vez cumplido el ciclo de vida útil o del interés, la amistad parece acabar. Pero no todas las amistades tienen un interés específico, determinable, establecido en sus alcances.


En las amistades fundadas en el afecto, lo común es una corriente de afinidad continua, una reciprocidad en el intercambio afectivo. En la amistad fundada en este principio se da y se recibe. Se conforma un proceso de nutrición recíproca. Mientras se mantenga este principio afectuoso, la amistad se mantiene a pesar de diferencias circunstanciales o distanciamientos espaciales o temporales de sus integrantes.


Sin embargo, en algunas amistades fundamentadas por el interés del mutuo afecto también se dan separaciones. Alguno de los individuos relacionados cambia profundamente sus intereses y la distancia psicológica que surge lleva a la conclusión del ciclo.


En las parejas suele suceder algo parecido. Dos personas intercambian afecto sobre la base de un interés común. Ninguna de las dos personas, no obstante este acercamiento, logra dejar de ser un individuo único. La pareja que se mantiene, evoluciona sabiendo que cada integrante es una unidad. Y conviene en dar permiso y darse permiso para que cada cual continúe siendo una persona diferente, unida tan solo por el amor.


Cuando se pretende que dos personas sean una sola, la identidad de cada una de ellas puede extraviarse. Pronto, ante las circunstancias de la vida, sobreviene el darnos cuenta que la dependencia no ayuda al crecimiento.


Al establecerse una relación sobre la base de que la formación de una pareja es la formación de una unidad en la que cada parte pierde su individualidad, tarde o temprano la relación se agota. Cada cual constata que no es una sola cosa con el otro y los caminos terminan bifurcándose. La pareja entonces ha cumplido su ciclo


Evalúo rupturas y distanciamientos

José Gregorio Bello Porras


Hagamos un ejercicio. Analiza ahora algunas de las separaciones más relevantes en tu vida. Diferéncialas de las rupturas. La separación fue un proceso gradual de distanciamiento. La ruptura fue un hecho que culminó un proceso pero se dio abruptamente (no necesariamente de forma violenta). Por lo general, ocurrió en un momento bien determinado, del que te puedes recordar con precisión y en unas circunstancias específicas.

Sigue algunos pasos en este análisis de rupturas y separaciones.

1. Recuerda algunas de las cosas, personas, relaciones, o ideas que ya no te pertenecen o no permanecen junto a ti.

2. Observa detenidamente qué sucedió para que se diera esa separación o esa ruptura.

3. Trata de ver y sentir si ese distanciamiento es en realidad una ruptura o una simple separación.

4. Pregúntate qué sucedería si reemprendieras esa situación. Fíjate especialmente en qué sientes.

5. Si el distanciamiento es definitivo, ten en cuenta que estás tomando conciencia de un ruptura en tu vida.

6. Ahora Vuelve a este momento y observa si esa aparente carencia te hace falta o si esa separación fue necesaria para que crecieras.

7. Saca conclusiones sobre lo que harías en circunstancias parecidas.

lunes, 19 de mayo de 2008

Del amor y la persona

Hoy RealizArte se convierte en una especie de leve reflexión sobre el arte de amar. Aunque en una dimensión distinta, desea rendir homenaje a libros como el del psicoanalista alemán Erich Formm, no porque se cumpla un aniversario de una obra vigente desde hace cincuenta y dos años, sino porque constituye un texto que abrió todo un espacio dentro de la literatura y del pensamiento, a uno de los grandes interrogantes de nuestra incierta y deshumanizada época: Qué significa amar.

Mas este es un homenaje extraño. No se centra en el texto del libro sino en los contenidos que puede despertar su lectura. No hace referencias a él sino recrea sus circunstancias, sus dudas, sus reflexiones, desde este punto de vista particular. No pretende en ningún caso, llegar a la hondura de esa obra. Tan sólo tocar la razón y el sentimiento del lector.

Así reunimos dos textos reflexivos. El primero de reciente fecha. Muy reciente. En el que tratamos de manera general El amor como vía de realización personal y otro texto retomado de un libro de hace algún tiempo y que aún conserva vigencia como reflexión, en la que expresáramos que El amor nos hace personas. Van estos escritos mediados y medidos por un entrometido poema sobre el amor.

Los complementa y les da sentido esa reflexión que tú realizas, que tú colocas, que tú puedes compartir con nosotros en esta página.


El amor como realización personal

José Gregorio Bello Porras

El amor, como ciego que es, impide a los amantes ver las divertidas tonterías que cometen.
William Shakespeare

Cuando hablamos del amor entramos en las arenas movedizas de los sentimientos. Un terreno inestable, engañoso a la vista de terceros, profundamente subjetivo – esa es su naturaleza – e incluso limítrofe con lo sublime y lo ridículo por igual, pero muy bien diferenciado de esos estados.

El amor suele definirse como un sentimiento. Distinguiéndose claramente del pasajero estado de la emoción. Por ello, una primera característica es su relativa permanencia en el tiempo.

Como sentimiento, igualmente, su impulso puede tener diversos objetos. Estos pueden ser seres humanos individuales, conglomerados o colectividades, animales, o sujetos de otros reinos de la naturaleza, abstracciones, obsesiones, cosas, situaciones, entre muchas posibilidades. Entonces, una segunda característica es su diversidad de objetos hacia los cuales se dirige.

El amor es, como lo expresáramos anteriormente, subjetivo. A pesar de dirigirse a un objeto en particular o a diversos, la forma de expresión es característica del sujeto que lo padece. Cuando decimos padece nos referimos a un estado del que no nos libramos con facilidad. Somos presa del amor. Aunque elegimos caer en él. El amor pues, también es, una situación dinámica que puede generar conflictos.

No es, sin embargo, el conflicto lo que lo caracteriza. Por el contrario, es la satisfacción, el apego, el desprendimiento, un estado de plenitud, lo que va a expresar más característicamente el amor.

Esta plenitud subjetiva, satisfactoria, que expresa bienestar va a significar una atracción hacia el objeto de deseo o hacia la realización de la acción que lo motiva. En ese sentido se opone al odio. Que es un rechazo, igualmente activo, hacia un objeto.

Llegado a este punto, es necesario preguntarnos por qué al hablar del amor, de esta forma impersonal, éste pierde parte de su encanto.

Lo despojamos de su halo de misterio y de pasión y lo reducimos a una idea. Eso, por supuesto, no es amor. El amor es intensamente sentimental. Su esencia es expresarse mediante la subjetividad, construyendo un ambiente, una cuna, un lecho donde se posesiona del ser humano.

Esta característica del amor lo coloca en situación de dinamizar la acción humana. Es el gran motivador de múltiples acciones. Sin importar el grado de profundidad que posea.

En ocasiones se habla de amor físico, designando la atracción corporal entre individuos de la misma especie, sean machos o hembras. Podemos darle a esa dimensión el nombre de amor. Pero también observar que también es amor el sacrificio por el ser amado o el amor paterno filial o materno filial o el amor a la humanidad.

El ser humano en la medida que practica el amor en diversas dimensiones y elevación está construyéndose como ser humano.

El amor es una característica plenamente humana, en cuanto es prluridimensional. No discutiremos los afectos de los animales. Existen, desde la perspectiva humana. Estamos viendo en ello sólo la interpretación que el bípedo inteligente – casi siempre – le da a su acercamiento a un semejante, a una acción, a una idea, a un objeto motivador buscado con fuerza.

La práctica consciente de amor va perfilando al individuo, va haciéndolo persona, en tanto se diferencia de un conglomerado y adquiere conciencia sobre sus posibilidades de afecto y de elevación en ese afecto.

El amor se nos ofrece, de esta manera en un ejercicio de construcción personal. Construirnos en el amor significa construirnos como personas, como seres que integran una sola humanidad.


Un poema que se entromete en medir el amor

He medido

la línea del horizonte

Quiero utilizarla

para calcular

la extensión de mi amor por ti

aunque tenga que hacer

varios intentos

de suma

Del Libro: Aliento de las Palabras de José Gregorio Bello Porras


El amor nos hace personas

José Gregorio Bello Porras

El amor es la experiencia fundamental por la cual nos reconocemos como seres humanos.

La capacidad para sentir amor caracteriza al humano. Podemos identificar el afecto, la lealtad, el apego y el cariño en otros seres como los animales. Tales sentimientos, siempre definidos en relación a la persona, son parte de nuestra interpretación del amor, mas no constituyen nunca la totalidad del amor mismo. El amor, en todo su espléndido sentido, está reservado a la persona humana.

La experiencia del amor favorece nuestro crecimiento. Cuando éramos niños, el amor nos permitió avanzar y aprender. Mucho más que el castigo o la severidad. Más aún, el amor nos permitió desarrollarnos, incluso corporalmente. El afecto nos facilita vencer hasta las más increíbles dificultades. Ese maravilloso fenómeno aún nos ocurre.

Cuando nos gestábamos en los vientres de nuestras madres nos nutrimos a través de un cordón. Pero también nos alimentamos a través de la relación amorosa que se estableció en esa íntima intercomunicación. Gracias al afecto nos desarrollamos con posibilidades de vivir plenamente en el mundo.

Quienes han sufrido la carencia de ese singular cariño, en cualquier momento de su existencia deben remontar con grandes dificultades la experiencia de la vida. Esta se torna un campo gris, opaco, sin perspectiva. Hasta que descubren la posibilidad de amar. El amor da resonancia a la vida. Permite que la apreciemos en sus múltiples matices. El amor transforma al mundo en un lugar habitable, en un espacio para la convivencia.

El amor nos trae la experiencia de la felicidad. Amor y felicidad se encuentran entrelazados. Y aunque el amor no evita las asperezas de nuestra vida terrena, las hace llevaderas, las transforma en aprendizaje.

El breve pero sustancial viaje de nuestra existencia presente ha de estar signado por la singular experiencia del amor.

Haz del amor una vivencia diaria y tu vida tendrá sentido. Serás plenamente una persona humana.

(…)


La fuerza de un sentimiento

Es común encontrarnos con personas que creen saber lo que es el amor. No porque hayan hecho estudios sobre la naturaleza de esta vivencia, sino porque la han experimentado. Sin embargo, en el momento de traducir su práctica en palabras, su creencia se tambalea.

A veces sabemos poco de aquello que creemos saber. No quiere decir esto que no conozcamos, únicamente que no logramos expresar en palabras ese saber.

Pero ¿por qué es importante tener una idea expresa de lo que es el amor? Bastaría simplemente vivenciar plenamente el amor. Hacer una práctica de este sentimiento. Sin embargo, como hemos visto y dicho anteriormente, si no organizamos nuestras ideas acerca de un tema tan esquivo, estaremos propensos a hablar de muchas cosas creyendo que hablamos sobre el amor. Habremos, seguramente, sembrado la semilla de la incomprensión. Porque si hablamos de cosas distintas, en algún momento creeremos que la otra persona no nos ama, cuando lo que sucede es simplemente una incomunicación entre nosotros, sencillamente tenemos diferencias entre lo que creemos que es el amor.

El amor es, en muchas oportunidades, punto de desencuentro entre seres que dicen profesarlo. Por amor, o algo que llamamos de esa manera, se sufre y hasta se cometen excesos. Para algunos amar es sufrir, para otros es poseer, para otros es entregarse plenamente. Incluso para muchos, el amor es sólo una ficción.

Poco sabemos, en ocasiones, de esta experiencia única en la vida, de esta singularidad que nos caracteriza como humanos.

Pero podemos aprender qué es el amor. Y también perfeccionar nuestra natural capacidad para el amor. Este aprendizaje no es cosa de simple técnica. Sino de consciencia sobre lo que sentimos en un tiempo siempre presente. Para aprender sobre el amor necesitamos saber si lo que sentimos es lo que queremos llamar amor. Para amar necesitamos saber y sentir.

Con frecuencia se define el amor como uno de los sentimientos fundamentales del ser humano, caracterizado por el apego a una persona, animal o cosa. Como sentimiento, viene acompañado de sensaciones y percepciones fundamentalmente de nuestro cuerpo y de nuestra interioridad.

Sentir el amor trae consigo una sensación de bienestar corporal, ocasionalmente acompañada de palpitaciones, aumento de la temperatura, variaciones en el ritmo de la respiración, dilatación de las pupilas, entre otras manifestaciones anatómicas y fisiológicas. Sin embargo, tales fenómenos no definen plenamente el sentimiento de amar.

De la misma forma hay alteraciones en nuestra ideación. Pensamos con más frecuencia en el ser o en el objeto de nuestro amor, referimos gran parte de nuestras experiencias a la vivencia primordial de sentir amor, e incluso distorsionamos nuestras ideas, por el afecto que sentimos.

Pero este conocimiento de los pensamientos asociados al amor tampoco define plenamente el sentimiento al que nos referimos. El amor nos conduce a grandes y pequeñas obras. Algunas veces desemboca en actos heroicos o simplemente admirables. En otros momentos nos puede llevar a acciones de las que nos tenemos que arrepentirnos. El amor se transforma en acciones, aunque no es un acto particular.

Este sentimiento que llamamos amor es capaz de mover nuestro cuerpo, nuestros pensamientos y nuestro ambiente con su fuerza. Por ello, más que un simple padecer, el amor es una actitud que transforma nuestras vidas. Tiene de emoción, de pensamiento y de acción. Pero conserva inequívocamente su carácter de sentimiento.

Del libro: Amor a tu alcance, Ed. Panapo, Caracas, 1998

lunes, 12 de mayo de 2008

Actitudes optimistas


En esta ocasión vamos a revisar dos palabras oportunas para el desarrollo personal. Una de ellas es actitud. La otra es optimismo. Ambas están emparentadas estrechamente. El uno es variante de la otra. Es decir el optimismo es una actitud ante la vida.


Podemos escoger cómo queremos ser ante las circunstancias. De ello se trata el RealizArte de hoy. Aunque no se diga expresamente. No importa si creemos ser entes pasivos ante la fuerza de los acontecimientos, siempre nos quedará la posibilidad de darles vuelta e interpretarlos a nuestro favor. A pesar de todo.


En qué nos favorece ello. En hacernos la vida una aventura posible, un logro alcanzable y no una trampa insalvable. Pero siempre tú escoges. Igual que escoges comentar estas líneas y las que siguen, leerlas con atención y hasta recomendarlas a alguien. Y aunque no lo hagas, el propósito es el mismo, que te sirvan para algo.


Actitudes vitales

José Gregorio Bello Porras

El camino de las transformaciones en nuestra vida recorre paisajes diferentes. Algunos individuos parecen seguir senderos fáciles, donde los cambios se generan por evolución casi espontánea. Otros, por el contrario, necesitan tortuosas sendas para llegar a pequeños avances. Estos últimos lucen forzados por las circunstancias, en medio de las cuales el ser humano toma decisiones que viran el rumbo de su existencia.

En los primeros, los cambios vitales son producto de un método. Consecuencia de seguir una disciplina que logra sus frutos. Eso que parece fácil en un comienzo es obra de vencer constantemente los pequeños obstáculos, la pruebas mínimas, la adversidad cotidiana. Y aprovechar las señales de avance, las brisas de elevación o cualquier otra realidad metafórica de realización personal.

El camino del azar es el realmente difícil. Ese es el de la necesidad, llevada al extremo de servir de impulsor al individuo por la fuerza. Y, a veces, ni siquiera empujándolo el individuo reacciona. Sus condiciones individuales parecen determinarlo.

No obstante, todo individuo puede cambiar. Si quiere hacerlo. Cambiar hacia uno u otro rumbo. Y todos podemos aprender el arte del cambio. Pero pesa mucho ese querer hacerlo, ese convencimiento de poder hacerlo, ese impulso que logra el primer paso y los siguientes hacia lo que nos proponemos.

Hasta ahora no hemos hablado de algún cambio en particular. Cualquier conducta puede estar sujeta al aprendizaje y al cambio. Estamos hablando entonces de un proceso dominado por lo que vamos a llamar actitud.

Lo decimos así pues el término está sujeto a equívocos, a limitaciones surgidas de traducciones directas de otros idiomas o a concepciones limitadas de alguna forma. Por ello creemos a veces que la actitud es siempre una fuerza positiva, suficiente para el logro de nuestros deseos. Y no siempre tiene este signo positivo ni siempre logra, por sí sola lo que desea.

La actitud es el resultado de tres elementos: una idea clara sobre una conducta, un deseo, sentimiento o emoción acerca de ella y un impulso a actuar.

Así que igual puede alguien tener una actitud de triunfo, diferente a otro. Alguien concibe el éxito como producto de su trabajo y otro como producto del delito. Allí está el primero de los elementos de la actitud, el elemento cognitivo, la idea, la creencia acerca de algo.

El segundo elemento puede tener igualmente múltiples variaciones. Algunos convierten el deseo en una pasión incontrolable de obtener algo. Otros, por el contrario, lo toman como una paciente fuerza que todo lo obtiene.

El impulso, la chispa de encendido, es fundamental para poner en marcha el carro, para dinamizar el logro de lo que queremos. En ocasiones ese avance, esa puesta en marcha, se da casi inconscientemente. Por ello, nos parece que todo se obtiene sólo formulándolo, casi mágicamente. Pero la magia está en sostener la actitud de logro.

Sin la actitud conveniente ningún logro es duradero. Ni siquiera posible. Por lo que debemos revisar nuestras actitudes ante la vida para enderezar aquellas que nos conducen por caminos tortuosos, por caminos difíciles, por sendas que retrasan nuestra llegada a la meta.

Trata de experimentar cuál ha sido tu actitud al obtener logros. Y cuál cuando obtienes lo que consideras fracasos. Compara ambas actitudes y observa detenidamente las pequeñas variaciones que puede haber entre ellas, tanto en las concepciones o creencias que las formulan como los sentimiento y emociones y el impulso a actuar. No te vayas demasiado lejos, hazlo hoy, con conductas y sucesos de hoy.

Es posible que con ello aprendas algo para beneficio de tu vida. Para el logro de los cambios que deseas. Si no ahora, en algún momento.


Posibilidad del Optimismo

José Gregorio Bello Porras

Ya en una oportunidad expresé que el optimismo es un ejercicio excepcional en el mundo de hoy. Todo tiende a que la oscuridad sea vista como sinónimo de futuro. La guerra, el terrorismo, la destrucción del medioambiente, del hombre y su casa: la tierra; hacen difícil de concebir la posibilidad del optimismo. Pero hoy la ratificaré. La vida cotidiana, incluso, tiene un lado sombrío, que hace del optimismo un ejercicio difícil. El optimismo es una vía angosta pero necesaria de concebir y vivir en el mundo. Es exigente pero aporta extraordinarios resultados en la existencia de quien lo practica.

La tentación del pesimismo es inmediata y proyecta una visión de la realidad oscura y sin salida. Si nos detenemos a reflexionar por un instante, observaremos que esta visión fatalista para nada nos sirve. Bajo esa óptica, la agresividad, la desesperanza y la destrucción son la más prontas consecuencias.

El mundo y su devenir tiene una variedad de tonos, de claroscuros, de altos y bajos, de asperezas y suavidades. Estas diferencias son las que le dan matices a la vida y la hacen interesante. Si todo estuviera hecho, si todo estuviera resuelto no tendríamos la misión de construir nuestras vidas.

En ese existir podemos plegarnos con mucha facilidad a percibir sólo los lados oscuros, las dificultades, los aspectos desagradables y hacer un juicio definitivamente pesimista de la vida. El optimismo es más exigente.

Sin embargo, el optimismo es posible y además necesario. No sólo para la supervivencia del ser humano sino para su crecimiento como persona y para la creación del mundo que desea.

El optimismo exige la voluntad de tomar la vida en las manos propias. Exige creer que podemos hacer de nuestra vida una existencia digna. El optimismo exige creer pero también sentir y sobre todo hacer realidad lo que queremos.

El optimismo es una actitud ante la vida

La existencia está constituida por diversos eventos relacionados como una inmensa cadena de causas y efectos. Cuando apreciamos estas relaciones entre unos hechos y otros, nos damos cuenta que podemos ejercer cierto control sobre nuestro futuro. Sin embargo, podríamos pensar que muchas circunstancias escapan a nuestro control y que somos presa del destino.

En cualquier caso, sea que creamos que podemos intervenir en nuestro destino o ser objetos pasivos del mismo, nuestra creencia puede estar impregnada de sentimientos de felicidad o de decaimiento.

Pero no es la creencia misma la que desencadena el sentimiento, aunque se relacione con él. La creencia, por ejemplo, de que eres artífice de tu destino puede llevarte a una sensación de plenitud, de poder, de bienestar que hace que actúes en consecuencia, siendo responsable, efectivamente, del curso de tu vida.

La misma creencia de tener en sus manos las riendas de su existencia puede llevar a otra persona a la inmovilidad. Una persona así, se paraliza ante el pensamiento de que es el único causante de sus triunfos y derrotas. Ante tamaña responsabilidad, retrocede y la oportunidad de ser y hacer lo mejor, se convierte en un terrible maleficio.

Por el contrario, hay quienes piensan que el destino gobierna sus vidas. No obstante, son capaces de vivir a plenitud el momento, sin abatirse por las posibilidades de fracaso. Si todo está escrito y no hay nada que hacer, dicen, al menos se puede vivir con consciencia el presente, porque no hay nada entonces de qué preocuparse.

El extremo de estos casos es el de pensar que no se puede manejar el destino y que este tiene un fatal signo de desastre. Las personas que así viven, convierten hasta el mayor triunfo en una absoluta derrota.

No está, pues, sólo en la creencia, como tal, la producción del sentimiento luminoso u oscuro. Decididamente, el sentimiento se asocia con la interpretación de la creencia, con la interpretación de los hechos de la vida. El optimismo o, en su defecto, el pesimismo proviene de una forma de interpretar la vida.

Al sentimiento y la interpretación de los hechos, sigue un impulso a la acción o un detenimiento de la misma. Por ejemplo, si crees que puedes hacer algo y ello te anima, seguramente lo harás y disfrutarás el logro. Por igual, si alguien cree que no puede, se estanca y no prueba alternativas, su juicio se limita y su inacción o sus acciones lo llevarán al pesimismo y la derrota, como consideración final de sus actos.

El buen ánimo impulsa intentos que, de una u otra manera, te guiarán hacia el éxito. Y esta valoración del éxito te animará a intentar de nuevo, de similar manera, los retos de tu existencia.

El optimismo se forma con las creencias, con las interpretaciones, con los sentimientos y con la acción derivada de los mismos. El optimismo, entonces, es una actitud ante la vida.

Esta actitud está caracterizada por interpretaciones positivas de la vida. Son interpretaciones positivas las que te permiten prever que tus actos y que los hechos que suceden a tu alrededor, desembocarán en algo beneficioso. Es optimismo creer que, a pesar de los tropiezos, el final puede ser positivo, a tu favor.

La actitud optimista se caracteriza, también, por asociarse con sentimientos de bienestar. Eres capaz de sentirte bien, aunque te estés esforzando y trabajando duro por obtener algo. Eres capaz de sentirte bien aunque haya pruebas que reten tu capacidad de vencer los obstáculos. Eres capaz de sentirte bien, simplemente porque existes. Y ello es una oportunidad maravillosa. Y su resultado siempre será beneficioso.

El optimista es alguien que puede incluso reírse de si mismo. Tiene un buen humor que lo mantiene en actividad y lo defiende de los sinsabores delpesimismo y los sentimientos depresivos.

Esta actitud optimista te impulsa a vivir. Te mantiene vivo. Te hace probar alternativas para mejorar tu vida, para hacer de tu existencia algo útil. Laactitud optimista es un decidido impulso a avanzar, a sentir, a creer en la vida, a creer que tiene sentido y que construyes ese sentido a diario, con lasacciones más sencillas, con los juicios más inmediatos, con el sentimiento de que eres capaz y digno de vivir.

Del Libro: Optimismo a tu Alcance, Ed. Panapo, Caracas, 1997